jueves, 21 de septiembre de 2017

No ceder al dogmatismo de la actualidad



 La manera actual de no contar es, paradójicamente, ser contado por las estadísticas. La opinión pública (que en vez de manifestación de un sujeto colectivo es un objeto manipulado), los gustos-inducidos-de los consumidores, pero, principalmente, el hecho de hallarnos inmersos en lo que nuestra época nos ha traído como destino con la sensación de que ha sido asumido voluntariamente, son algunas de las muestras del éxito del dogmatismo. Es dogmático todo lo que domina y se asume porque sí, porque toca. [...]
   ¿Cuál es la forma justa de resistir a la actualidad? ¿Tal vez-siguiendo a Jünger-la figura del emboscado? ¿O-según Deleuze*-la de quien crea? ¿Hay una resistencia reaccionaria y otra revolucionaria? ¿O quizá, para enfocar mejor el asunto, sea más adecuado no utilizar esta recurrente dicotomía política? La verdadera resistencia a la actualidad consiste en no ceder al dogmatismo. No hay otra. En cualquier caso, no conviene quejarse de la falta de altavoces ni de titulares; repercusión, como dice Nietzsche, la tendrá: "Que un hombre resista a toda su época, que la detenga en la puerta para que dé cuenta de sí, es cosa que forzosamente ejercerá influencia"**
   En nuestra época se actúa como si se hubiese encontrado la solución de la vida humana y ya no hubiese más secreto: hay lo que hay, y lo vamos sabiendo gracias a la ciencia. No ceder no significa ni confesar el absurdo ni creerse ya a salvo (en posesión del sentido); más bien al contrario, significa asumir la intemperie y la problematicidad.
....

Josep Maria Esquirol

*"No carecemos de comunicación, por el contrario, nos sobra, carecemos de creación. Carecemos de resistencia al presente".  G. Deleuze
**F. Nietzsche, La Gaya Ciencia

Qué significan las señales de mano que salvan las vidas de los afectados por el terremoto en México

Señales de mano: puño en el aire, un dedo señalando hacia arriba y una palma

 Hay un ruido de motores, grúas, palas, socorristas y voluntarios gritando órdenes, familiares y amigos preguntando y sollozando.

De pronto, alguien alza su puño en el aire. El gesto lo van repitiendo varios dentro de la muchedumbre.
Es la señal de silencio y eso es precisamente lo que sucede.

Entre el bullicio y aparente caos en torno a un operativo de rescate y la desesperación por encontrar más sobrevivientes, los socorristas han tenido que crear un lenguaje visible e instantáneo con señales de mano para ser más efectivos en su labor.

1. Puño en el aire

Puño en el aire

El puño en el aire es tal vez el más importante.

Pide un silencio inmediato para que se puedan escuchar los posibles llantos o llamados de auxilio que provienen de la profundidad de los escombros.

Es una probable indicación de que alguien se encuentra con vida.

2. Palma abierta

Palma en el aire

Paso seguido, se puede pedir que nadie se mueva, porque eso puede también distraer y hacer más difícil la localización de las víctimas.

También porque los operativos de rescate son muy riesgosos y se debe tener mucho cuidado por dónde se desplaza o qué material se está sacando o cambiando de posición.

Un movimiento en falso puede terminar en catástrofe y poner en peligro a los supuestos sobrevivientes y los mismos socorristas.

La palma de la mano visible es la señal para quedarse quieto.

3. Levantar ambas manos


Si se da la buena fortuna de encontrar y llegar hasta un sobreviviente, es muy factible que se encuentre en mal estado.

La deshidratación es uno de los mayores riesgos para los que llevan varios días atrapados.

Llevarles agua lo antes posible es crucial y levantar ambas manos comunican rápidamente esa necesidad.

El agua también puede ser requerida por los socorristas y voluntarios que trabajan horas sin cesar, moviendo pesados bloques de cemento, metales y vigas caídas.

4. Índice extendido



Una vez se establezca si hay o no víctimas, es el momento de reanudar y redoblar los esfuerzos.

No hay tiempo que perder cuando se trata del rescate después de un sismo devastador.
Un dedo extendido en el aire es la orden para seguir trabajando.

Este código está siendo divulgado por las redes sociales y otros medios para que los que participan en las brigadas de rescate puedan coordinarse entre ellas.

También para que la ciudadanía esté familiarizada y respondan conforme cuando estén cerca de un sitio de rescate.

Fuente: http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-41346376?ocid=socialflow_twitter

Con el pueblo mexicano

@EnekoHumor 

Proponen que la basura del Pacífico se considere una nación (tiene el tamaño de Francia y población)


En un ejercicio de concienciación sobre el problema que supone la isla de basura del Océano Pacífico, la Plastic Oceans Foundation ha iniciado una campaña para solicitar que todo ese montón de porquería se reconozca oficialmente como un país, Isla Basura.

En Quartz, A pile of trash in the ocean has grown to the size of France—and some people want it recognized as a nation,

"La campaña afirma que, según el artículo 1 de la Convención de Montevideo de 1993 sobre los derechos y deberes de los estados, un país debe ser capaz de: tener un territorio definido, formar un gobierno, interactuar con otros estados y tener una población permanente. La Gran Mancha de Basura del Pacífico tiene fronteras (más o menos) y es fácil crear un gobierno e instituciones para que interactúen con otros estados. Ahora que el ex vicepresidente de los Estados Unidos, Al Gore, se ha convertido en el primer ciudadano de ese país y que más de 100.000 personas han firmado la petición para que se les conceda la ciudadanía, la campaña ha presentado su solicitud a principios de este mes ante las Naciones Unidas, para que se reconozca a Islas Basura como el país número 196 del mundo.
Según la publicación LadBible, que colabora en la campaña, «si crees que esto es ridículo, por favor valora la idea de que haya en el océano una acumulación de basura del tamaño de Francia.»

Además de ser el país número 196 del mundo, Isla Basura sería el país número 40 por tamaño de superficie con unos 700.000 km².

Fuente: http://www.microsiervos.com/archivo/ecologia/proponen-basura-pacifico-considere-nacion-tamano-francia.html

El refugiado que desafió al ISIS bailando ballet sobre las ruinas de Palmira

La historia de Ahmad Joudeh, el llamado "Billy Elliot" sirio, un bailarín que se enfrentó a las amenazas del grupo terrorista por dar clases de ballet
"Quería decirles que el teatro de Palmira es para el arte, no para matar a gente. Teníamos solo unas horas porque estábamos rodeados pero si moría, moriría feliz"
Joudeh ha viajado a Madrid para participar en el Festival de Cine 16 kilómetros en el barrio de la Cañada Real

Ahmad Joudeh bailando en el teatro de Palmira,antes era utilizado para las ejecuciones de Isis. Imagen cedida por Ahmad Joudeh.
Ahmad Joudeh bailando en el teatro de Palmira,antes era utilizado para las ejecuciones de Isis. Imagen cedida por Ahmad Joudeh.
 Para entender la historia de Ahmad Joudeh, basta con echar un vistazo rápido a su muñeca izquierda mientras gesticula con elegancia durante una conversación en un hotel de Madrid. En ella se puede leer la palabra "libre" junto al dibujo de un pájaro con las alas desplegadas. El tatuaje cubre las cicatrices de los cortes que trató de hacerse en un momento de desesperación cuando era adolescente y su padre le prohibía acudir a clase de ballet. 

"Mientras  me pegaba, me decía: 'O bailas, o estudias'. Yo le contestaba: 'O bailo, o muero", recuerda. Una frase, "baila o muere", que también se tatuó, dice, tras recibir las amenazas del ISIS cuando aún vivía en el campo de refugiados de Yarmouk, en Damasco. Esta vez eligió la nuca. "Si me cortaban la cabeza justo aquí, quería que lo vieran antes", explica en una entrevista con eldiario.es.

Ahmad Joudeh habla con serenidad, sin excesos. Como una coreografía sobria y precisa hasta el último movimiento, pero cargada de profundidad y fortaleza. La fortaleza tras haberse enfrentado, a sus 27 años, al rechazo de su padre y a la persecución del grupo terrorista para dedicarse a su pasión, la danza. La misma que le permitió lograr dejar atrás la guerra en Siria y vivir en Europa, a pesar de carecer de "pasaporte y nacionalidad" por tener, dice, origen palestino.

El bailarín ha visitado Madrid esta semana para compartir su experiencia y participar en el  Festival Internacional de Cine  16  Kilómetros  de la Cañada Real. Allí presentó este domingo su coreografía 'One in a million'. "Es mi forma de decir que soy un artista entre un millón que ahora no gozan de libertad en Siria".

"Bailaba en secreto para que nadie pudiera verme"
 
Joudeh ya era refugiado antes de que estallara el conflicto en el país árabe. Lo ha sido desde que nació en el campo de Yarmouk, epicentro del exilio de la población palestina a las afueras de Damasco. Allí ha vivido toda su vida y allí descubrió la música cuando solo era un crío. Lo hizo de la mano de su padre, un artista palestino. 
los ocho años cantó con el colegio en un festival en la ciudad. Era la primera vez que salía del campo. "Tras la actuación, vi por primera vez a unas niñas bailar ballet. Ahí decidí que quería moverme con la música, no crearla, aunque no sabía nada de danza", relata.
El tatuaje de Ahmad Joudeh, donde se puede leer en caligrafía hindi 'Baila o muere'. Imagen cedida por Ahmad Joudeh.
El tatuaje de Ahmad Joudeh, donde se puede leer en caligrafía hindi 'Baila o muere'. Imagen cedida por Ahmad Joudeh.
 Desde ese momento, empezó a practicar a escondidas en casa, tratando de recordar e imitar los ligeros movimientos de sus compañeras. Solo lo sabía su madre, una profesora siria de Arte, que le enseñó algunas pautas básicas y ejercicios de flexibilidad. "Ella me apoyaba, pero para mí, el baile era 'solo para mujeres', así que sentía vergüenza cada vez que bailaba. Lo hacía en secreto, para que nadie pudiera verme", asegura el joven.

A los 16 años "se lanzó" a dar clases en el Enana Dance Theatre, una de las principales compañías de baile de Siria. "Di clases con una profesora rusa. Aprendí muy rápido porque mi cuerpo estaba preparado. Me encontré a mí mismo y me enganché".

El baile se convirtió, entonces, en su identidad. "En el colegio nos trataban como refugiados y hay cosas que no puedes hacer solo por serlo. Es un problema, porque yo no quería ser 'el refugiado', sino 'el bailarín'. Y he trabajado toda mi vida para ello", enfatiza mientras apura un café.

"Mi padre lo intentó todo para detenerme"

Tras un año en la compañía, su padre le obligó a dejar el ballet. "Me negué y empezamos a discutir cada día. Lo intentó todo para detenerme: me golpeaba, quemó mis mallas e incluso me impedía ir al colegio", comenta. Finalmente, se fue de casa a los 17 años. Sus padres se separaron. Su madre y sus hermanos se fueron a vivir con él y desde entonces sintió la responsabilidad de la ruptura.

Joudeh logró ir a la universidad. En 2011, cuando estaba en segundo de carrera, la guerra se interpuso en su camino. "Un coche bomba destruyó nuestra casa", apunta. "Sufrí mucho. No tenía adónde ir, así que monté una tienda en el tejado de la casa de un amigo. Viví en ella tres meses", prosigue el bailarín. 

Para poder continuar estudiando baile en la ciudad, Joudeh trabajaba dando clases a niños afectados por el conflicto y menores con síndrome de Down. Fue entonces, dice, cuando empezó a recibir las amenazas del ISIS. "Ellos prohíben la danza. Me hackearon mi cuenta de Facebook, compartieron mi foto con un 'Se busca'. Me mandaron mensajes, me llamaban y me decían que me iban a disparar y a cortar las piernas", asevera. Cinco de sus familiares, asegura, murieron en la guerra. "Perdí a mis parientes uno a uno. Mis tíos, mis primos... Mi hermano fue encarcelado. Sufrí mucho".

En 2014, se le presentó la oportunidad de participar en la versión árabe del concurso de televisión 'Mira quién baila', en Líbano. Era el empujón que necesitaba. Empezó a trabajar como coreógrafo en la ópera de Siria y se licenció.

"Empezaron de nuevo los problemas porque fui llamado a filas. Cuando eres estudiante, puedes evitarlo. Pero cuando me gradué, tenía tres meses para enrolarme en el ejército. Mi vida era el baile, no podía", explica Joudeh.

"No tuve miedo. Si moría así, moriría feliz"
 Un periodista de la televisión holandesa se interesó en su historia para grabar un documental. Joudeh no dudó del escenario para bailar: las ruinas de Yarmouk, controlado entonces por el Estado Islámico. "Había una cámara y 20 soldados del Gobierno sirio frente a mí. Estaban protegiendo al periodista. Se reían de mí. El ISIS me disparó tres veces mientras bailaba. Mi vecindario destruido... Una sensación horrible, pero quizás no iba a tener más esa oportunidad".

Entonces decidió que la próxima localización iba a ser la histórica ciudad de Palmira, cuyo rico patrimonio había sido destrozado por el grupo terrorista.  Se puso un maillot negro, "como su bandera", y bailó en el mismo teatro romano donde los terroristas practicaban decapitaciones públicas. 

"Quería decirles que este teatro es para el arte, no para matar a gente. Teníamos solo unas horas porque estábamos rodeados. Significó mucho para mí, porque mi primera y mi última coreografía en Siria fue en ese teatro". ¿No tuvo miedo? "No, porque si moría así, moriría muy feliz. Era la mejor forma de finalizar mi vida. Me sentí muy poderoso", contesta.

Bailarín en el Ballet Nacional holandés

Solo quedaba, dice, un mes para que el ejército lo reclutara. El documental se emitió y el Ballet Nacional holandés le ofreció la posibilidad de unirse a la compañía. "Querían hacerme un visado pero estaba atrapado, porque no tenía pasaporte ni nacionalidad. No tenía ninguna esperanza, pero finalmente lo lograron", dice Joudeh, que vive desde hace diez meses en Ámsterdam. "He tenido un choque cultural durante cinco meses. Miraba a mi alrededor y me preguntaba por qué la gente no es feliz en Europa, con todas las opciones que da vivir en paz", apunta.

Intenta hablar cada semana con su madre y sus hermanos, que siguen en Siria. "Siempre compruebo si están en línea o no, así sé que están bien. Y trabajo mucho. Doy clases y soy el bailarín invitado del ballet nacional. Estoy muy orgulloso a nivel profesional, pero soy una persona que me he criado con mi familia, y los echo de menos cada día que pasa. No sé volveré a verlos alguna vez", sentencia.

Su padre vive ahora como refugiado en Alemania con sus dos hijas fruto de un nuevo matrimonio. Después de 11 años sin hablarse han retomado el contacto poco a poco. "Cuando fui a visitarlo le contó a todo el mundo que era su hijo y que estaba muy orgulloso de mí. Ahora sí apoya a mis hermanas, que también bailan".

Ahmad bailando sobre las ruinas del campo de refugiados de Yarmouk. Imagen cedida por Ahmad Joudeh.
Ahmad bailando sobre las ruinas del campo de refugiados de Yarmouk. Imagen cedida por Ahmad Joudeh.

"Los niños de la Cañada me recordaron a mí"
El barrio madrileño de la Cañada Real fue este domingo el otro escenario de Joudeh. Los vecinos se quedaron cautivados con sus acrobacias. "L os niños me miraron con unos ojos preciosos y concentrados que nunca había visto antes. Me recordaron a mí cuando salí del campo y vi bailar por primera vez", comenta.

Fue tal el éxito que el lunes volvió al vecindario para impartir un pequeño taller e insistir en su mensaje de "esperanza y paz". Se siente, dice, en el deber de hacerlo. "Aquí me he sentido como en casa, porque mi casa era así. Esta gente no vive en un país en guerra. Se las han arreglado para construir sus casas y vivir una vida.  ¿Por qué quieren destruirlas? Aquí, en Europa, me choca mucho. La gente de mi país muere para llegar a este continente", comenta. "Conviven  por encima de la intolerancia religiosa y el racismo. Apoyemos a sus hijos. Yo fui uno de ellos y me sentí así".

Joudeh termina la conversación como la empezó. Sin pretensiones, con la postura erguida, gestos expresivos y la mirada firme. Aquí es feliz, pero desea volver a Siria y convertirse en el director de su ballet nacional. No se imagina otra vida. 

"Estoy vivo porque soy bailarín. Es mi alma. También es la forma que tengo de lidiar con mis problemas. Cuando echo de menos a mi madre, bailo. No tengo pasaporte ni nacionalidad, pero pude obtener un visado gracias a que soy bailarín. Ahora no soy refugiado, soy bailarín. Me llaman así", concluye.

Era "bailar o morir".

Día Mundial del Alzheimer

Cinta Arribas
Cinta Arribas
 El alzhéimer es una enfermedad neurodegenerativa progresiva e irreversible caracterizada por el deterioro cognitivo y los trastornos conductuales. Cada 21 de septiembre se celebra su día mundial, fecha elegida por la Organización Mundial de la Salud y la Federación Internacional de Alzheimer.

Su descubrimiento llegó hace poco más de un siglo, cuando en 1906 Alois Alzheimer describió por primera vez la patología que más tarde llevaría su nombre. Más de cien años después todavía se lucha contra el estigma asociado a la demencia y se siguen organizando campañas con el fin de conseguir mejores servicios y tratamientos para los pacientes y sus cuidadores.

En la actualidad hay más de 46 millones de personas afectadas en el mundo, diagnosticándose cada tres segundos un nuevo caso de demencia. En España existen unas 800.000 personas afectadas, según estimaciones de la Sociedad Española de Neurología (SEN). Además, cada año se registran en el país unos 40.000 nuevos casos. Si no se encuentra una cura efectiva, en el año 2050 el número de casos se habrá triplicado, según los expertos.

 Fuente: http://www.agenciasinc.es/Multimedia/Ilustraciones/21-de-septiembre-Dia-Mundial-del-Alzheimer

martes, 19 de septiembre de 2017

Muere Stanislav Petrov, el hombre que salvó al mundo de una guerra nuclear

Muere Stanislav Petrov, el hombre que salvó al mundo de una guerra nuclear
Stanislav Petrov (Scott Peterson / Getty)
 Era el 26 de septiembre de 1983 y al mundo le había llegado su hora. En el centro de mando de Inteligencia soviético, un búnker secreto a las afueras de Moscú, las luces se volvieron rojas y los radares comenzaron a dar la alarma: lo que parecía un misil balístico de Estados Unidos se acercaba a la Unión Soviética. Poco después, los sistemas soviéticos localizaron otros cuatro artefactos en el aire. Una guerra atómica estaba a punto de empezar.

Parece el comienzo de una historia de ficción apocalíptica, pero hasta ese momento todo era absolutamente verdad. Pero afortunadamente el apocalipsis nuclear no llegó porque quien estaba al frente de los radares era un oficial del ejército soviético que, a pesar de las circunstancias, supo mantener la cabeza fría. “Sólo fue un episodio de mi trabajo. Fue difícil, pero reaccioné bien. Ya está”, dijo Stanislav Petrov con flema militar en el documental del 2014 El hombre que salvó el mundo. La misión como supervisor de Petrov, que entonces era un teniente coronel del Ejército del Aire de 44 años, habría sido avisar al Kremlin o a sus superiores en 15 minutos. Eso podría haber desencadenado una respuesta con el lanzamiento de misiles soviéticos 15 minutos después, lo que a su vez podría haber provocado el lanzamiento de verdaderos misiles estadounidenses. La destrucción mutua estaba asegurada.

Sin embargo, decidió esperar unos segundos. Un “buen instinto” le decía que si los estadounidenses hubiesen desempolvado sus bombas atómicas para atacar a su gran enemigo habrían utilizado todo el arsenal disponible y el radar habría detectado cientos de misiles. Así que en vez de activar la tercera guerra mundial, decidió que no podía ser y que lo que estaba viendo era en realidad un error del sistema de alerta temprana de misiles. No estaba del todo seguro, pero “veintitrés minutos después me di cuenta de que no había pasado nada. Si hubiese habido un ataque de verdad, ya me habría enterado. Eso fue un alivio”, confesó en el 2013 a la BBC.

No es exagerado decir que con lo que hizo, o mejor con lo que no hizo, salvó al mundo. La humanidad vivía la guerra fría con gran intensidad. Ronald Reagan, que hacía planes para poner en marcha su guerra de las galaxias, había declarado a la URSS “el imperio del diablo” y Yuri Andropov estaba convencido de que EE.UU. preparaba un ataque nuclear. Tres semanas antes el ejército soviético había derribado un avión de pasajeros surcoreano con 269 personas a bordo.

Una investigación interna posterior demostró que el buen instinto de Petrov fue una bendición, pues los satélites soviéticos habían confundido los rayos de sol reflejados en las nubes con el motor de supuestos misiles. Aunque al principio sus superiores alabaron su acción, no recibió ningún reconocimiento. Al contrario, el mando militar, avergonzado por el fallo de los sistemas, le utilizó como chivo expiatorio y le reprendió por no haber completado el papeleo de rutina durante el incidente. Se retiró un año después, y desde entonces vivió en Friázino, una pequeña ciudad a 20 kilómetros de Moscú.

Lo ocurrido ese 26 de septiembre de 1983 sólo se hizo público en 1998, al publicarse las memorias del general Yuri Vótintsev, su superior en esos minutos cruciales. Por su acción recibió entonces, entre otros, dos premios World Citizen de la Asociación de Ciudadanos del Mundo, el premio de la Paz de Dresde y fue homenajeado en la ONU y en el Senado de Australia.

Nacido en Vladivostok el 7 de septiembre de 1939, Stanislav Petrov falleció en Friázino el pasado 19 de mayo, aunque la noticia de su muerte no se conoció hasta ayer.


Oxfam alquila la antigua casa de Trump para alojar a refugiados durante la Asamblea de la ONU

El objetivo de la ONG es mandar un mensaje inequívoco a los dirigentes mundiales: "Los refugiados son bienvenidos".

Oxfam acoge a varios refugiados en la antigua casa de Donald Trump. Chris Gregory/Oxfam
Oxfam acoge a varios refugiados en la antigua casa de Donald Trump. Chris Gregory/Oxfam
 La ONG Oxfam ha alquilado la casa en la que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, vivió cuando era un niño en el barrio neoyorquino de Queens para alojar a refugiados durante la Asamblea General de la ONU.

El objetivo de OXFAM es mandar un mensaje inequívoco a los dirigentes mundiales: "Los refugiados son bienvenidos", dijo la organización en un comunicado difundido este lunes.

Por ello, Oxfam aloja a dos refugiados de Somalia, uno de Siria y otra de Vietnam en la vivienda de Trump en Queens, que se alquila decorada con múltiples referencias al presidente estadounidense.

"En este momento, ¿qué mejor lugar para demostrar a los líderes mundiales el valor de un hogar seguro y acogedor para aquellos que huyen de situaciones inimaginables que la casa de la infancia del presidente de Estados Unidos?", preguntó Oxfam.

Oxfam señaló que las decisiones que tomarán en las próximas semanas el Gobierno, el Congreso y el Tribunal Supremo "determinarán si Estados Unidos cumple con sus valores históricos y sigue siendo un refugio para las personas que se enfrentan a la opresión".

Trump tiene que decidir el número de refugiados que EEUU acogerá en 2018. El Congreso tiene que financiar los programas para reubicar a refugiados en suelo estadounidense, mientras que el Tribunal Supremo debe deliberar sobre el veto migratorio del presidente a refugiados.

domingo, 17 de septiembre de 2017

"Se busca: fotógrafo perdido en Alaska que olvidó comprar el billete de vuelta": la muerte del señor McCunn

Alaska. AP
 Ocurrió el 2 de febrero de 1982. Un tipo que se encontraba de excursión en el lado más salvaje de Alaska, muy cerca del río Coleen, parece divisar una tienda de campaña. Dentro se encontraba el cuerpo de un hombre junto a un diario. Aquel diario iba a narrar de manera muy gráfica un viaje hasta la muerte.

El hombre que había encontrado el cuerpo abrió la maltrecha libreta por la primera página. Había 100 escritas en hojas sueltas. Tras un primer vistazo, todo empezó a cuadrar. El diario comenzaba con una letra ordenada, explicando las maravillas del paisaje en verano, pero a medida que las hojas iban pasando las letras ordenadas daban paso a garabatos de un alma abandonada, cada vez con menos fuerzas.

El río Coleen es un afluente de 84 kilómetros del río Porcupine en la parte noreste de Alaska. Comienza en las montañas de Davidson, en el Arctic National Wildlife Refuge, y fluye generalmente sur-sureste, es el río más grande al este de la montaña de Coleen.

Puede sonar idílico, e incluso las imágenes de la zona son de una tremenda belleza, pero si alguien se alejara unos kilómetros del sendero, tan solo un par de horas perdiendo de vista los mapas recomendados de la zona, entonces se encuentra con la otra Alaska. Es precisamente lo que le ocurrió a un fotógrafo a comienzos de la década de los 80. Esta fue su (triste) historia.

El soldado fotógrafo

En 1946 nace Carl McCunn en Alemania. Su pasaporte será estadounidense, pero su padre Donovan McCunn estaba en el ejército de Estados Unidos destinado en Europa. Poco después vuelven a San Antonio, Texas, donde McCunn pasa su infancia. El chico se graduó en la escuela secundaria en 1964 y se alistó en la Marina de Estados Unidos tras abandonar la universidad.

McCunn sirvió durante cuatro años, hasta 1969. Vivió brevemente en Seattle, Washington, antes de establecerse en Anchorage, Alaska, en 1970. Allí vivió varios meses en la desolada cordillera de Brooks. Esta última experiencia le gustó tanto que pensó en repetirla en el futuro.

Río Coolen en verano. Wikimedia Commons
 Así fue como en marzo de 1981 voló al valle cuando el invierno terminaba. Ya conocía la zona y se había convertido en fotógrafo de naturaleza. Su idea era captar la belleza de la Tundra de Alaska. En su equipaje cargó 500 rollos de película, equipos de fotografía, dos rifles, una escopeta y víveres. Quería permanecer hasta mediados de agosto, unos cinco meses.

Unos días antes, McCunn había arreglado con un piloto de la zona que le acercara hasta Brooks. Se trata de una región que se extiende del Oeste al Este a lo largo de Alaska del Norte hasta el territorio del Yukón de Canadá. Una inmensa área que tiene una distancia de más de mil kilómetros. Las montañas alcanzan hasta más de 2.700 metros de altitud y se cree que la cordillera tiene aproximadamente 126 millones de años.

Sin embargo, y mientras McCunn veía alejarse al piloto desde la zona inhóspita de Alaska, el fotógrafo se percató de un “ligero” falló: no había contratado billete de vuelta. Es más, no le había dicho a sus amigos el punto o la zona donde tenía pensado trabajar. Él creía que sí, pero jamás lo hizo.

En sus primeras anotaciones del diario escribió sobre el regreso de los animales a las zonas de verano: “Los seres humanos estamos tan fuera de nuestro elemento “moderno” en un lugar como este”. A principios de agosto, con sus suministros disminuyendo, su preocupación comenzó a aumentar, “creo que debería haber organizado mejor mi partida”, escribió. “Ahora me cuesta recordar si contraté la vuelta, pronto lo averiguaré”.

A mediados de agosto, sus entradas en el diario ya no estaban fechadas. McCunn se dio cuenta de que el piloto no iba a regresar a por él. En este punto, intentó hacer que sus provisiones durasen más; pasaba gran parte de su tiempo buscando comida, matando algunos patos y ratas o secando la carne de un caribú que murió en el lago. Su ansiedad crecía cada día más y más.

En el diario de McCunn se podía apreciar su esperanza de que su familia o amigos enviarían a alguien a buscarlo después de que no regresara. El hombre creía haber dejado tres mapas con su camping marcado para algunos amigos y su padre, pero era un recuerdo vago y, en tal caso, no tenía claro el itinerario exacto que indicó.

Lo cierto es que, aunque su padre sabía que estaría en la zona, no sabía cuándo planeaba regresar. McCunn también le había dicho a su padre que no se preocupara si no regresaba al final del verano, ya que pensaba en la posibilidad de quedarse más tiempo si las cosas iban bien.

Mientras tanto, sus amigos, preocupados, pidieron a los guardas de Alaska que iniciaran las labores de búsqueda. Así fue como se produjo el segundo momento más triste del viaje de Carl McCunn. Un piloto voló sobre el campamento y lo vio. Sin embargo, posteriormente declaró que no lo vio angustiado y que este estaba ondeando una bolsa roja. “Dimos un rodeo para asegurarnos, y el hombre nos saludó de manera casual, nos vio pasar sin señal ningún de estar pasándolo mal”.

La policía declaró más tarde que no veía ninguna razón para suponer que McCunn necesitaba ayuda. El fotógrafo escribió más tarde en su diario:
Recuerdo levantando mi mano derecha, hombro en alto y sacudir mi puño en el segundo paso del avión. Recuerdo esbozar una sonrisa, fue un momento de alegría, como cuando tu equipo anota un touchdown o algo así.
Sin embargo, esa es justamente la señal en la montaña para indicar que todo está bien. Un soldado del estado que habló con McCunn antes de su viaje le había ayudado a marcar su campamento en un mapa, declaró que el fotógrafo estaba al tanto de una cabaña de caza ubicada a varios kilómetros de su campamento. No está claro por qué no lo utilizó cuando el clima empezó a enfriarse.

Cordillera Brooks. AP
 Con la llegada del invierno escribió lo siguiente: “No me lo puedo creer. Ahora ha pasado demasiado tiempo. Ha llegado la nieve y el lago se ha congelado. He visto al primer lobo, como un husky gigante. He intentado dispararle y lo oí gritar, pero creo que no acerté”.

La caza se hizo cada vez más escasa, y McCunn armaba trampas para conejos, pero las trampas eran atacadas por lobos y zorros, “Ha sido un día terrible para mí y no voy a poder seguir. Tengo las manos cada vez más congeladas. Sólo me quedan frijoles. Honestamente, tengo miedo por mi vida. Pero no me rendiré”.

Para el mes de noviembre, se había quedado sin provisiones. Entonces consideró intentar caminar hasta Fort Yukon, a aproximadamente 90 kilómetros de distancia, pero no pudo hacer la caminata debido a la nieve y a su debilitada condición. Durante el Día de Acción de Gracias, el 26 de noviembre y más bajo que nunca, escribió: “Me siento miserable. He tenido escalofríos al despertar durante los últimos tres días. No puedo durar mucho más que esto. No puedo dejar de pensar en usar una bala”.

Poco después escribió una carta a su padre diciéndole cómo desarrollar una posible película sobre su aventura. Con lo poco que tenía se encendió un último fuego y escribió:

Querido Dios en el cielo, por favor, perdóname mi debilidad y mis pecados. Por favor, cuida a mi familia. Estoy quemando el último rayo de luz y mi última madera partida. Cuando las cenizas se enfríen, me enfriaré con ellas.
Añadió una nota separada pidiendo que sus pertenencias personales fueran devueltas a su padre, y dijo que la persona que lo encontrara debería guardar su rifle y escopeta. Firmó con su nombre y adjuntó su licencia de conducir de Alaska. “La identificación. Este soy yo”, escribió.

Su última entrada en el diario fue “dicen que no duele”. Después de eso, el señor McCunn de 35 años apretó el gatillo. Fueron las últimas palabras de su último y fatídico viaje a Alaska.

Imagen: Wikimedia Commons


Fuente: http://es.gizmodo.com/se-busca-fotografo-perdido-en-alaska-que-olvido-compr-1815183443