lunes, 30 de marzo de 2015

Agricultor de EE.UU. invita a petroleros a beber agua contaminada por ‘fracking’

En una audiencia ante el comité de la Conservación Petróleo y Gas de Nebraska, un agricultor local dejó sin palabras a los miembros de la junta partidarios de la fracturación hidráulica o ‘fracking’ después de ofrecerles que bebieran agua contaminada debido a este polémico método de extracción.

En un video subido a YouTube, el agricultor James Osborne aprovechó para explicar visualmente los estragos que causan los residuos del ‘fracking’ en la mesa acuífera de ese estado, al verter en varios vasos agua que contenía una “mezcla exclusiva privada” de aditivos usados para la fracturación hidráulica.

El comité se encuentra celebrando audiencias públicas sobre una propuesta de una empresa petrolera para enviar las aguas residuales del ‘fracking’ de otros estados a Nebraska, donde sería desechada en un “pozo de eliminación” del condado de Sioux. Según un informe, la Terex Energy Corp planea trasladar hasta 10.000 barriles diarios de aguas residuales cargadas de químicos a Nebraska para su eliminación, según publica Raw Story.

Osbourne, quien aclaró al comité que tiene vínculos con la industria del petróleo, explicó que el agua contaminada podría afectar a todo el estado de Nebraska en caso de derramamientos o filtraciones en la capa freática.

En referencia a conversaciones anteriores, Osbourne apeló: “Así que me dijo esta mañana que usted bebería esta agua”, afirmó señalando al líquido contaminado. “¿La bebería? ¿Sí o no?”, preguntó dirigiéndose al comité, del cual solo recibió un tenso silencio.

Seguidamente el agricultor explicó que un agua contaminada atravesaría todo el estado en tan solo tres días y que “seguramente habrá derrames y filtraciones”. Acto seguido dejó los vasos en la mesa antes de agradecer al comité y salir del recinto entre aplausos.

De la indignación griega a los Podeuros: cómo convertir un billete en un panfleto reivindicativo

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No es que nos sobre el dinero, es que nuestro espíritu creativo a veces nos ciega por completo. Poco nos importa correr el riesgo de que, al ir a pagar en alguna tienda, nos manden a freir espárragos porque hemos tenido a bien plasmar nuestro arte en el billete de 50 euros que llevábamos encima. Si el arte está de por medio, pocos son capaces de aplacar su entusiasmo. Si no, que se lo digan al artista griego Stefanos que ha creado una serie de obras pintadas en billetes de 100, 200 y hasta 500 euros. ¿Quién dijo miedo?
Si alguien se preguntaban si de verdad existían los famosos ‘Bin Laden’, como hay quien llama a los billetes de quinientos euros, ya puede darlo por confirmado. Estaban en manos de Stéfanos que estaba dibujando en ellos escenas de la revolución que, imaginaba, tendría lugar en Grecia. Ni siquiera la victoria de Syriza parece haber calmado las intenciones de algunos que veían a la muerte a las puertas de un edificio gubernamental, a unos jóvenes saltando unas vallas que protegían una iglesia, escapando de un edificio de corte moderno o, por qué no, ahorcando a sus líderes.

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Él lo considera un acto de rebeldía, pero es una revolución desde la comodidad del sillón. Al plasmar su arte encima de los edificios que aparecen en los billetes puede permitirse, como él mismo cuenta, “bombardear propiedades públicas desde la comodidad de mi casa”. Un lujo al alcance de cualquiera (al menos, en los billetes de 5, 10 yhasta 20 euros), que solo Stefanos ha tenido a bien aprovechar. 

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Tampoco es necesario cruzar al otro lado del mar Mediterráneo para encontrar quien trata de reflejar en las monedas el cambio político que le gustaría que se produjese. En España, no hace mucho, se pusieron en circulación los ‘Podeuros’. Hubo quien, preveyendo un futuro cambio de signo político en el Gobierno, ya hizo algunos cambios en las monedas en las que aparecía el monarca Juan Carlos I para que, en su lugar, pudiéramos ver al líder de Podemos.
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Fácil y sencillo, ¿verdad? Una melena, una coleta y una perilla… y ¡voilá! Poco son los recursos artísticos que hicieron falta para sustituir al rey de España por Pablo Iglesias. Aunque, claro está, si fuera este último quien tuviera que protagonizar la imagen de las monedas, su actitud sería diferente. Un posición mucho más atrevida a la par que amenazante.

Aunque, claro, ¿qué ocurriría si intentásemos pagar con monedas o billetes ‘hackeados’ un día de estos en la frutería? ¿Se arrepentiría entonces estos intrépidos artistas de brocha fina? Depende del frutero, claro está. Desde luego, ya hay quien ha intentado apoquinar con billetes más falsos que las peleas de los Power Rangers y la jugada le ha salido redonda.

Como ya os contamos por estos lares, el artista norteamericano James Stephen George Boggs logró convencer a taxistas, maîtres, panaderos, fruteros… y colocarle los billetes que él mismo dibujaba. Su estratagema dio tan buen resultado que, según sus cálculos, llegó a pagar con hasta 700 billetes que él había fabricado de puño y letra, de forma que llegó a ahorrarse la friolera de 35.000 dólares.
No sabemos quién tenía más dinero, si el bueno de James Stephen para jugársela tan a la ligera o quien le atendía por decantarse por los billetes de mentira y no por los verdaderos.

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Otros, en lugar de reflejar escenas propias de la revolución que está por llegar, de cambiar a los protagonistas de las monedas o de poner su propio rostro en los billetes, prefieren engrandecer la figura de sus personajes de ficción favoritos o la de aquellos que los interpretaron. Así ocurrió en Canadá tras la muerte del actor Leonard Nimoy. Después de conocer la trágica noticia, los fieles seguidores de la saga Star Trek en la que daba vida a Mr. Spock no se lo pensaron dos veces a la hora de dibujar al personaje más entrañable de la serie en los billetes.

La broma llegó hasta tal punto que incluso las autoridades bancarias del país norteamericano tuvieron que intervenir para pedir a los fans que dejasen de garabatear en los billetes.

Ver imagen en Twitter

 No son pocos los que, con las leyes en su contra, tienen a bien cambiar las figuras que aparecen en los billetes. El artista James Charlie se ha jugado el tipo para cambiar a los George Washington Abraham Lincoln, Benjamin Franklin y compañía por personajes de ficción. Poco parece importale que, según las leyes estadounidenses, quien haga cualquier trastada con las monedas en circulación podría ser multado e incluso podría pasar algunos meses en prisión.



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 A Charles no parece importante demasiado esta cuestión, pues ha sustituido a la imagen de los presidentes de la historia de Norteamérica por figuras de la talla de Jimi Hendrix, Mr. T del Equipo A, Iggy Pop, la Princesa Leia o Van Gogh con su oreja pegada con una tirita. Comenzó haciendo de los presidentes estadounidenses files seguidores de la banda Kiss, incluyendo en sus retratos el típico maquillaje de los componentes de la legendaria banda.

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 No sabemos si tendría valor a pagar con un billete en el que apareciese el rostro de, por ejemplo, el maestro Yoda. Por lo pronto él los vende para ganarse la vida. De ahí a lo que hagan con ellos sus nuevos dueños, cualquier sabe.

Fuente:  http://blogs.publico.es/strambotic/2015/03/rebeldia-monetaria/








domingo, 29 de marzo de 2015

El "Rachapedras" foot-ball club

  Entre los precursores del deporte futbolístico español, hay que citar, por imperativo histórico, al "Rachapedras foot-ball club", un equipo -entonces le decían "team"- compuesto por unos hombres de pelo en rostro: dos barbudos, ocho bigotudos y dos rasurados, en total, once fenómenos que -como solían decir los cronistas de la época- saltaban al campo "hambrientos de cuero", pues practicaban la técnica del paso de carga: allí donde caía el balón, iban todos los equipiers, menos el portero, que se quedaba a la expectativa por si las moscas.
  El equipo triunfaba constantemente por aplastamiento físico de sus adversarios, a los que no les daba tiempo ni de respirar, ya que sus galopadas en tropel no cesaban durante los noventa minutos del "match". Corrían en pelotón compacto, a trote borriquero, y sus pisadas rotundas y ruidosas, levantaban chispas sobre las abundantes piedras del suelo; y de ahí le venía el nombre.
  Más que un equipo de mozos deportistas y anglófilo, el "Rachapedras", puesto en acción, semejaba una manada de búfalos corriendo y resoplando sobre un pedregal que, por añadidura, estaba muy lejos de ser llano como la palma de la mano. El árbitro, que era nativo y partidario, cuando echaba al aire la moneda para elegir a cara o cruz el terreno de cada uno de los contendientes, se las amañaba guapamente para sacar cruz o cara, según le convenía, y por ello su equipo iniciaba los encuentros ayudado por la ventaja del plano inclinado que le permitía parapetarse en la parte alta del campo, de muy difícil acceso para sus enemigos y de muy buenas condiciones para invadir el predio contrario, que siempre fue más fácil correr hacia abajo que hacia arriba, según reconoce aquel refrán que dice : "Las cuestas arriba las sube mi mulo, que las cuestas abajo yo me las subo".
  Dejando a un lado la técnica del paso de carga, tan eficaz, y prescindiendo de la ventaja tan favorable, del plano inclinado, el "Rachapedras" para triunfar tenía de su parte otro factor decisivo: la "hinchada" local y de parroquias aledañas que no sólo le animaba con sus gritos de guerra y con sus alaridos de entusiasmo, sino que si al caso venía -y venía por desgracia muchas veces- sabía lanzar, con rara y unánime puntería, cantazos (pedradas) de distintos calibres sobre las sufridas espaldas de los rivales de turno, quienes, al recibir la primera andanada de aviso frenaban inmediatamete sus impulsos de ganar y se resignaban a la derrota.
  El "Rachapedras" desapareció un día como agrupación balompédica al desaparecer, por muerte súbita, el mecenas que sufragaba los gastos del material deportivo, únicos que el equipo devengaba: camisetas, botas, balones y bombín para inflarlos. No había sueldos, primas ni demás emolumentos actuales. No había desplazamientos, pues el "Rachapedras" jugaba siempre en su campo y con árbitro propio.
  El famoso equipo murió invicto y en la palestra donde tanta gloria cosechara antaño, se cosechan viles hortalizas.



Semblanzas, crónicas e artigos
Celso Emilio Ferreiro

Some Peace Of Mind


Los desastres ambientales más “productivos”

Crédito: Time Magazine
El movimiento en defensa del medio ambiente dio un gran salto en 1969 como consecuencia de una catástrofe ambiental. Repasamos aquí ese y otros desastres causados por la acción humana, no tan conocidos por su impacto en la naturaleza como por la fuerte conmoción que causaron en la sociedad. De ellos aprendimos lecciones que han llevado a una mayor protección del entorno natural.

Cuyahoga: el río que ardió (1969)
Alrededor de Cleveland (Ohio) fue creciendo durante el siglo XX uno de los mayores centros industriales de EEUU. Y en paralelo a ese desarrollo de la industria, el río Cuyahoga, que pasa por la ciudad, también escaló rápidamente a los primeros puestos de contaminación. Hasta tal punto estaba el Cuyahoga lleno de sustancias inflamables y de residuos flotantes, que cada cierto tiempo su superficie ardía. Más de una docena de incendios se registraron en el río hasta que, en el año 1969, aquella masa de fuego flotante llamó la atención de la revista Time. El semanario publicó unas espectaculares fotos de “El río que arde, más que fluye”.

Aquello conmovió a la sociedad estadounidense e impulsó grandes cambios. Hasta entonces, hasta 1969, las industrias locales podían verter a los ríos sin ningún control. Y tras el incendio del Cuyahoga también prendió en EEUU un movimiento en defensa del medio ambiente. Un Richard Nixon recién llegado a la presidencia supo ver la preocupación social por las cuestiones ambientales y después de la celebración del primer Día de la Tierra (22 de abril de 1970), Nixon reaccionó creando la agencia federal de Protección del Medio Ambiente (EPA, Environmental Protection Agency). El incendio del Cuyahoga, que desemboca en el lago Erie, también impulsó un acuerdo entre EEUU y Canadá para proteger los Grandes Lagos, en la frontera entre ambos países. Y un año más tarde llegó la ley federal para controlar la polución del agua (Clean Water Act).

1960s: Citizens of Cleveland, Ohio protest over the pollution of Lake Erie. Source: Cleveland Foundation.
 Todavía hoy resuenan en canciones pop (de R.E.M. o Randy Newman) los ecos de aquel río en llamas en 1969, pero no fue el incendio más grave sufrido por el río Cuyahoga. El de 1952 ya había sido mucho mayor y había provocado muchas más pérdidas. De hecho, las famosas fotos de la revista Time eran de 1952, pues en 1969 los fotógrafos llegaron al río cuando el fuego ya estaba extinguido, y los medios locales ni siquiera prestaron mucha atención al desastre que impulsó el control ambiental en EEUU.

La central nuclear de Three Mile Island (1979)

El 28 de marzo de 1979 se produjo un accidente en la central nuclear de Three Mile Island, en Harrisburg (Pensilvania). Tras una fusión parcial del núcleo de uno de sus tres reactores, la alarma saltó rápidamente y los reporteros de televisión desplazados a cubrir la noticia protagonizaron escenas de pánico, desconcertados ante la amenaza invisible de la radiactividad.

Una cantidad indeterminada de gases radiactivos se liberaron al medio ambiente. Sin embargo, la contaminación radiactiva detectada en los alrededores de la central fue mucho menor que en accidentes como Chernobyl (1986) y Fukushima (2011). Y los estudios epidemiológicos realizados no encontraron una relación causa-efecto entre el accidente y el ligero aumento de los casos de cáncer en la zona de la central nuclear. Eso sí, las tareas de limpieza duraron 14 años y costaron 1.000 millones de dólares.

De nuevo, el desastre ambiental (el más grave accidente nuclear de EEUU) tuvo unas consecuencias más bien sociales y legales. El movimiento antinuclear se reactivó, y la industria “atómica” se vio sujeta a una nueva legislación. El accidente también tuvo consecuencias mediáticas. Walter Cronkite, el más legendario presentador de telediarios, se refirió a la cobertura de Three Mile Island como “el día más confuso en la historia de los medios informativos”. Entre las contradictorias declaraciones de los expertos y el desconocimiento de la física nuclear básica por parte de casi todos los 300 reporteros desplazados a la zona, el caos informativo estaba servido.


Crédito: National Archives and Records Administration

Tanto los medios de comunicación como las facultades de periodismo se dieron cuenta de la necesidad de formar a reporteros especializados en cubrir información sobre ciencia y tecnología. Así, aquel mismo año surgió el primer programa de posgrado en Redacción Científica, en el Massachusetts Institute of Technology (MIT), seguido de cursos similares en la Universidad de California y en la de Nueva York.

El desastre de Séveso (1976)
Séveso es un pueblo cercano a Milán, que sería desconocido fuera de Italia de no ser por un accidente en una pequeña planta química que fabricaba pesticidas. Los gases contaminantes llegaron a las localidades cercanas, provocando la exposición de decenas de miles de personas a los mayores niveles nunca registrados de una dioxina: en concreto la TCDD (2,3,7,8-tetraclorodibenzo-p-dioxina), una de las más letales de ese tipo de sustancias, y conocida por formar parte del agente Naranja usado por EEUU en la guerra de Vietnam.

Ninguna persona murió en el llamado “desastre de Séveso”, al contrario de lo sucedido tras el más famoso escape de gas de la Historia: en 1984 otra planta de pesticidas, en Bhopal (India), provocó casi 4.000 muertes confirmadas y dejó más de medio millón de afectados. En Séveso las consecuencias inmediatas fueron pánico y evacuaciones. 80.000 animales fueron sacrificados para evitar que las toxinas entraran en la cadena alimentaria; y varios miles de personas fueron atendidas por intoxicación con dioxinas.

A largo plazo, los científicos han podido aprender numerosas lecciones de Séveso, gracias a que los médicos conservaron muestras de sangre de todos los pacientes. Décadas después del accidente han seguido saliendo estudios científicos, que procesan toda esa cantidad de datos de exposición a dioxinas. Además, se estandarizaron en Europa las normativas de seguridad industrial. De aquél accidente nació una ley de la UE conocida como la directiva Séveso, que regula el manejo y almacenamiento de sustancias químicas peligrosas.

Fuente:  https://www.bbvaopenmind.com/los-desastres-ambientales-mas-productivos/

sábado, 28 de marzo de 2015

Miguel Hernández Gilabert (Orihuela, 30 de octubre de 1910 – Alicante, 28 de marzo de 1942)




Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Miguel Hernández




Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!


viernes, 27 de marzo de 2015

Turquía autoriza a la Policía a usar armas de fuego contra manifestaciones


El Parlamento turco aprobó hoy tras un mes de debates una controvertida ley de seguridad que amplía los poderes policiales para usar armas de fuego y realizar registros sin autorización judicial, y cuyos debates acabaron en varias ocasiones incluso en peleas a puñetazos entre diputados. Mientras que la oposición denuncia que esta normativa lleva al país por la senda de convertirlo en un estado policial, el gobierno islamista sostiene que mejora la seguridad ciudadana ofreciendo mejores instrumentos contra el terrorismo y las protestas violentas.

Toda la oposición -socialdemócratas, nacionalistas y prokurdos- ha rechazado la normativa, que ha salido adelante gracias a la mayoría absoluta del gubernamental Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). La normativa, que lleva por nombre “Reforma de la seguridad interior”, amplía la posibilidad de que la policía realice interrogatorios, registros y escuchas telefónicas sin autorización judicial, y refuerza la capacidad de los agentes para reprimir manifestaciones.

Entre otras cosas, la Policía podrá mantener bajo arresto durante 48 horas a sospechosos sin necesidad de autorización judicial, permite a los agentes disparar contra quienes les arrojen bombas incendiarias y quienes se cubran el rostro para evitar ser identificados durante protestas violentas pueden afrontar hasta cuatro años de cárcel.

La normativa autoriza a la policía a emplear sus armas reglamentarias contra manifestantes que les arrojen cocteles molotov o utilicen cualquier otra “arma que pueda herir”, un término criticado por algunos juristas como muy vago. La oposición considera que esta normativa supone poner de facto al país bajo una ley marcial, y el socialdemócrata Partido Republicano del Pueblo ya anunció que denunciará la ley ante el Tribunal Constitucional.

Organismos internacionales que velan por los derechos humanos como Amnistía Internacional y Human Rights Watch también han expresado su preocupación por esta normativa, especialmente por ampliar la potestad en el uso de armas de fuego. La idea sobre la normativa surgió tras los violentos disturbios del pasado octubre de la población kurda en el sureste del país, tras la negativa del Gobierno turco de ayudar a la milicia kurdo-siria que se enfrentaba a los yihadistas del Estado Islámico en la ciudad siria de Kobane.



 Fuente: http://www.yometiroalmonte.es/2015/03/27/turquia-autoriza-policia-usar-armas-fuego-manifestaciones/

jueves, 26 de marzo de 2015

Huelga de hambre masiva contra las condiciones en los CIE británicos

A mediados de marzo, ocho centros de internamiento de migrantes en Reino Unido iniciaban una huelga de hambre. Un solicitante de asilo se cose los labios para protestar contra estas cárceles para sin papeles. 


La huelga de hambre se ha contagiado a ocho centros de detención de migrantes.

El 9 de marzo, 60 detenidos en el centro de internamiento de Dungavel, en Escocia, cerca de Glasgow, comenzaron a rechazar los alimentos para denunciar “la forma en la que son tratados desde hace mucho tiempo”, el hacinamiento en las celdas, hasta ocho en un misma habitación, y el hecho de que el Reino Unido es el único país de la Unión Europea que no tiene límites de tiempo para recluir a los migrantes que esperan ser deportados.

Pocos días después ya eran 70 los internos en huelga de hambre, y la medida de fuerza se contagiaba a ocho centros de detención, entre ellos Yarl’s Wood (Bedfordshire), Harmondsworth y Colnbrook (cerca del aeropuerto de Heathrow), además de Tinsley House y Brook House (cerca del aeropuerto de Gatwick).
 En Harmondsworth, el mayor CIE de Reino Unido, con más de 600 migrantes recluidos, las protestas por la suciedad, el maltrato, el hacinamiento en las celdas –que los internos comparan con “jaulas de animales”– llevó a que el 24 de marzo un solicitante de asilo se cosiera con hilo la boca, según informó The Independent, después de haber pasado nueve meses detenido en este centro de internamiento.

Una reciente investigación del Independent Monitoring Board (IMB), institución independiente que  monitoria la situación en las cárceles y centros de migrantes, señalaba que la interminable detención en estos centros tiene “un efecto destructivo en el bienestar y la salud de los detenidos”. A principios de marzo, una serie de vídeos con cámara oculta aireaba las deplorables condiciones de vida de la población migrante en Harmondsworth. En una de las piezas quedaba patente que la administración encerraba a los migrantes dos horas extra en sus celdas para reducir costes.

“El agua ha estado cortada todo el día”, contaba un interno de Harmondsworth el 13 de marzo. Y no era por mantenimiento. “No les importa lo que hagamos aquí dentro. Nos estamos muriendo. Por la protesta de ayer, uno de mis compañeros ha ido al hospital porque se ha puesto enfermo. Estaba en la huelga de hambre y se puso a vomitar. Ahora no sabemos dónde está”, contaba.

Al sureste de Londres, el mismo viernes 13 de marzo los testimonios se replicaban con semejante desesperación: “No estamos comiendo en el centro de detención de Dover. La mitad de la gente ya está en huelga. Nos estamos organizando y hablando con la gente. Somos seres humanos”.

 

 Los teléfonos con cámara están prohibidos en los centros de detención de migrantes. Cuando se le preguntó la razón a un representante del Ministerio del Interior, éste contestó que era para impedir que los detenidos envíen fotos a los medios de comunicación de las peleas, las autolesiones y "estas malas condiciones, como las ratas y cualquier otra mierda que hay aquí ". El Gobierno "no quiere la mala publicidad que implica", afirmaba el funcionario.

 

Un guardia descontento explica que la nueva administración está haciendo que el personal trabaje más turnos con menos descanso entre ellos.

 

 La investigación de Corporate Watch desveló que la gestora del CIE de Harmondsworth comenzó a encerrar a los detenidos en sus celdas durante dos horas más por la noche. De esta forma, los detenidos pasan casi la mitad de su tiempo encerrados en sus celdas.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Toxoplasmosis y trastornos psiquiátricos

Ya son numerosos los estudios que han puesto en evidencia la relación existente entre el parásito Toxoplasma gondii y el riesgo a desarrollar ciertas enfermedades mentales, como la esquizofrenia, síndromes ansioso-depresivos, trastornos bipolares, trastornos de personalidad, intentos de suicidio, trastornos de estrés postraumático, trastornos del pánico, etc...

  T. gondii es un parásito intracelular del grupo de los apicomplexa, causante de la parasitosis conocida como "toxoplasmosis". Se trata de un parásito muy prevalente en ciertas culturas, como la francesa, debido a sus costumbres culinarias de consumir carne cruda o poco cocinada (poco hecha). Su ciclo biológico es heteroxeno, es decir que utiliza varios hospedadores, intermedarios y definitivos. Los hospedadores definitivos (dónde el parásito se reproduce y completa su ciclo) son los félidos (gatos, leones, tigres, panteras, etc...). En cuanto a los hospedadores intermediarios, existe una larga lista de animales que pueden funcionar como reservorios y a la vez hospedadores intermediarios del parásito, como: roedores, rumiantes, aves o incluso el ser humano. Esto hace de esta enfermedad una zoonosis, en cuya transmisión participan un gran número de animales, lo cual dificulta el control de dicha parasitosis.


La transmisión ocurre por varias vías:
  1. transmisión horizontal ==> esto puede ocurrir a través de la ingestión de carne cruda o poco cocinada, procedente de animales infectados por el parásito. Otra opción es por transmisión "fecal-oral", de manera que limpiando la caja de la arena de tu gato puedes contaminarte con ooquistes esporulados de T. gondii, de manera que si a continuación te llevas las manos sin lavar a la boca, o manipulas con ellas alimentos (frutas, productos cárnicos, etc...) transmites la enfermedad y/o te infectas con el parásito. Además, puede existir transmisión a través del agua de bebida por contaminación de fuentes hídricas con material fecal de animales infectados (hospedadores definitivos que liberan en heces ooquistes que acaban esporulando en el medio externo, haciéndose infectantes). Por otro lado, también puede haber transmisión por transfusiones sanguíneas con sangre de pacientes infectados, aunque actualmente este medio de transmisión está mucho más vigilado y controlado, de manera que no cualquier persona puede donar sangre y antes de ello se le hacen una serie de pruebas comprobando que no esté parasitado y  que por tanto pueda ser donante. También ocurre lo mismo con transplantes de órganos, pero como ya hemos dicho en el caso de las transfusiones sanguíneas, estos casos son mucho menos frecuentes hoy día debido al gran control existente en torno a ellos. Lo que sí es muy frecuente, por desgracia, es la transmisión del parásito en personas drogodependientes, ya que si comparten jeringas y uno de ellos está parasitado, transmitiría la enfermedad al resto de compañeros. Por último, un tipo de transmisión que puede darse es durante el parto, por contacto del feto con la sangre materna infectada por el parásito.
  2. transmisión vertical ==> se da cuando una mujer embarazada es infectada por el parásito, y éste atraviesa la barrera transplacentaria, pudiendo llegar a infectar al feto. Esto puede llevar a consecuencias fatales para el feto, dependiendo esto del estado de gestación en que se encuentre la mujer cuando es infectada por el parásito. Si la mujer es parasitada por T. gondii en el primer trimestre de embarazo, la probabilidad de que el feto también se infecte por el parásito es mínima, pero de infectarse las consecuencias a este nivel del desarrollo del feto serían prácticamente con total seguridad letales, provocando abortos espontáneos o deformaciones graves junto con retraso mental grave. Sin embargo, si la mujer es parasitada en los últimos meses de embarazo, aunque la probabilidad de que el feto también se infecte es mayor, las consecuencias para el feto son mucho más leves, pudiendo producir retraso mental pero de mayor levedad.
    T. gondii: taquizoitos. Wikipedia
Debo destacar que una vez eres infectado por T. gondii el parásito queda en tu organismo para siempre, no eliminando al parásito de tu cuerpo ninguno de los tratamientos farmacológicos existentes, de forma que una vez pasas la fase aguda de la enfermedad quedas en fase crónica de por vida. Esta fase crónica puede verse alterada y reactivada, volviendo a sufrir una fase aguda en caso de estar inmunodeprimido (sea cual sea el caso). Por ello, la cronicidad de esta parasitosis es una de las condicionantes a que el parásito provoque alteraciones neuronales durante toda tu vida, propiciando el desarrollo de dichos trastornos mentales.

Estrategias del parásito para asegurar su perpetuación
Ya explicado todo esto, el parásito solo está a gusto en un hospedador definitivo (félidos), de manera que ha desarrollado una serie de "mecanismos de manipulación" en caso de estar "encerrado" en un hospedador intermediario, cuyo objetivo final es favorecer su transmisión a un hospedador definitivo.
¿Cuáles son estos "mecanismos de manipulación?, pues numerosos estudios han puesto de manifiesto una infinidad de alteraciones detectadas en organismos (hospedadores intermediarios) parasitados por T. gondii como:
  • ROEDORES:  en estos animales se detectó la ausencia de miedo, de manera que los roedores infectados no escapaban al ver a un gato u otro felino, favoreciendo así que éstos fueran depredados y así que el parásito fuera transmitido al hospedador definitivo (el felino). Esto se asoció con varios factores, aunque no está del todo claro cuál de ellos afecta o si afectan todos: problemas de visión, de olfato y audición, falta de reflejos o enlentecimiento de los mismos, reducción de la liberación de la "hormona de la huída", la adrenalina, etc..., contribuyendo todo ello a que el roedor no escapase de su potencial depredador, un félido.
  • HUMANOS: tras varios estudios se detectaron alteraciones en la conducta de las personas infectadas por T. gondii, detectándose trastornos mentales de todo tipo, problemas cognitivos, falta de reflejos o enlentecimiento de los mismos, etc... Además se demostró que las personas infectadas por el parásito eran más altas, esbeltas y atractivas de cara al sexo opuesto, de manera que éste se sentía más atraído por personas parasitadas que por personas sanas, favoreciendo así que el parásito se transmitiera a otras generaciones, y prevaleciera el estado de parasitación. 
Trastornos psiquiátricos relacionados con la toxoplasmosis
Si entráis en la página de Pubmed y introducís palabras claves en inglés del tema, os sorprenderéis con la de estudios científicos que hay publicados acerca de este tema. 
Numerosos científicos han llevado a cabo estudios para demostrar que existe relación entre la parasitación por T. gondii y el padecimiento (o el riesgo a padecer) de ciertas enfermedades mentales.
El trastorno mental relacionado con la toxoplasmosis más estudiado ha sido la esquizofrenia, detectándose tanto en modelos animales como humanos que T. gondii influía de forma significativa en el riesgo de padecer dicha enfermedad, así como en el empeoramiento de la misma. Wang y colaboradores, realizaron un estudio en roedores con tal de estudiar el efecto de la toxoplasmosis en estos animales, relacionándolo con la esquizofrenia, y obtuvieron como resultado que las capacidades cognitivas de los roedores que estaban parasitados se encontraban mermadas, demostrándose mediante estudios estadísticos que la relación entre la parasitosis y el desarrollo de la esquizofrenia era significativa.
Numerosos estudios han demostrado que existe relación entre estar infectado por T. gondii y el riesgo de padecer enfermedades mentales como:
  • Trastorno de Ansiedad Generalizado (TAG).
  • Trastorno Depresivo Mayor (TDM).
  • Trastorno Bipolar.
  • Trastorno de Personalidad.
  • Depresión.
  • Atentados suicidas (intentos de suicidio).
  • Ansiedad.
  • Trastornos Ansioso-Depresivos.
  • Esquizofrenia.
  • Trastorno de Estrés Postraumático (TEP).
  • Trastornos psicóticos (psicosis).
  • etc...
Y estudios como el de Hsu y colaboradores han logrado explicar el porqué de estos sucesos, ya que observaron en personas infectadas por T. gondii que su sistema inmunitario llevaba a cabo una serie de mecanismos defensivos, que participan en el desarrollo de esas enfermedades mentales, aunque como efecto colateral. Me explico, en esas personas infectadas el sistema inmunitario a través de ala activación del IFN gamma (interferón gamma) intentaba bloquear/impedir el desarrollo del parásito en el organismo. Esto lo conseguía activando el IFN gamma que a su vez inducía la activación de la enzima indolamina -2,3-dioxigenasa (IDO), que conllevaba a su vez a una reducción del aminoácido triptófano, provocando como consecuencia final una menor producción de serotonina a nivel cerebral, siendo ello una de las causas del desarrollo de esas enfermedades mentales, sobre todo en el caso de los trastornos depresivos. 
Otro de los estudios que apoyó estos resultados obtenidos por Hsu y colaboradores, fue el estudio llevado a cabo por Flegr en 2013, ya que llegó exactamente a las mismas conclusiones explicadas en el párrafo anterior, añadiendo que además de los cambios ya citados, el parásito inducía en el hospedador intermediario un incremento en los niveles de dopamina, que junto con las alteraciones ya dichas justificarían y explicarían el desarrollo de los trastornos mentales evidenciados en esos pacientes.

Conclusión final
Por desgracia, una vez más, como supongo que muchos ya sabréis, cuando una persona es diagnosticada de una enfermedad o trastorno mental no suelen hacerle pruebas, simplemente con una serie de preguntas y con unos patrones de conducta se establece el diagnóstico a través de un psiquiatra y/o psicólogo, y a no ser que la situación se complique no suelen hacerte pruebas (TACs cerebrales, RMN, ELISAs, etc...). Con esto, llegamos a la conclusión de que se desconoce casi por completo qué parte de la población presenta o ha desarrollado enfermedades mentales como consecuencia de estar parasitado por T. gondii. Por desgracia, la sociedad o los políticos, o ambos no consideran importante conocer estos datos, lo único que creen práctico e importante es saber si la persona tiene o no una enfermedad mental, tratarla y listo. Sin embargo, no son conscientes de que si se hicieran estudios pormenorizados acerca del tema y se detectara y demostrara que la mayoría de los casos que existen son debidos al parásito (una hipótesis que planteo), quizá podrían establecer medidas de control mucho más estrictas en torno a este parásito, informando debidamente a la población acerca de como prevenir ser infectado por él, y así poder prevenir el desarrollo de estos trastornos psiquiátricos y las consecuencias que ello conlleva e la sociedad (calidad de vida, impacto económico y social, etc...).
Ciclo vital de Toxoplasma.
 

martes, 24 de marzo de 2015

Madres sirias sin acceso a la sanidad dan a luz en un campo de refugiados libanés

El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) estableció en 1949, en Shatila (Líbano), un campo de refugiados para dar cabida a la afluencia de refugiados palestinos que llegaron después de 1948
MSF gestiona un centro de salud en el campo para atender las necesidades básicas de niños, mujeres embarazadas y pacientes con enfermedades crónicas

En enero, el centro se amplió con una unidad de maternidad a causa del aumento de las consultas de mujeres sirias embarazadas que no pueden hacer frente a los gastos que supone dar a luz en un hospital libanés

 
Panorámica del campo de Shatila, en el sur de Beirut. Más de 65 años después de su creación, las vidas de sus residentes permanecen en suspenso, en el limbo, sin un estado propio y con escasos derechos dentro del Líbano. Mientras, nuevas generaciones crecen en un lugar creado sin la intención de ser un asentamiento permanente. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez

Iman, madre de 4 hijos, sostiene a uno de sus bebés a las puertas de la unidad de maternidad de MSF en el campo de Shatila. Ha vivido refugiada en el Líbano durante los últimos tres años, después de haber huido de la guerra en Siria. Acude a la unidad de maternidad con regularidad para hacer un seguimiento de su bebé. “No tenemos nada. Mi esposo no tiene trabajo estable y luchamos cada mes para poder sobrevivir”. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez 
 Iman, madre de 4 hijos, sostiene a uno de sus bebés a las puertas de la unidad de maternidad de MSF en el campo de Shatila. Ha vivido refugiada en el Líbano durante los últimos tres años, después de haber huido de la guerra en Siria. Acude a la unidad de maternidad con regularidad para hacer un seguimiento de su bebé. “No tenemos nada. Mi esposo no tiene trabajo estable y luchamos cada mes para poder sobrevivir”. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez
 
Una refugiada siria espera consulta en la maternidad de MSF en Shatila. La llegada de los refugiados de Siria ha aumentado considerablemente la población de un campo creado originalmente para refugiados palestinos y que se caracteriza por calles estrechas y laberínticas. Tras cuatro años de guerra en el país vecino, Líbano acoge 1,2 millones de refugiados sirios. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez 
 Una refugiada siria espera consulta en la maternidad de MSF en Shatila. La llegada de los refugiados de Siria ha aumentado considerablemente la población de un campo creado originalmente para refugiados palestinos y que se caracteriza por calles estrechas y laberínticas. Tras cuatro años de guerra en el país vecino, Líbano acoge 1,2 millones de refugiados sirios. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez
 
ACNUR estima que el 70% de los 42.000 niños nacidos de padres sirios en el Líbano desde que comenzó la guerra de Siria en 2011 no están registrados y, por tanto, expuestos al riesgo de una vida de la apátrida. Una mujer siria sostiene entre sus brazos a su hijo en la sala de espera de la unidad de maternidad de MSF en el campo de Chatila. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez 
 ACNUR estima que el 70% de los 42.000 niños nacidos de padres sirios en el Líbano desde que comenzó la guerra de Siria en 2011 no están registrados y, por tanto, expuestos al riesgo de una vida de la apátrida. Una mujer siria sostiene entre sus brazos a su hijo en la sala de espera de la unidad de maternidad de MSF en el campo de Chatila. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez
 
Una enfermera realiza los primeros chequeos médicos a un bebé tras el parto. Con frecuencia las familias sirias no tienen ni el dinero ni los documentos necesarios para poder registrar a los recién nacidos. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez 
Una enfermera realiza los primeros chequeos médicos a un bebé tras el parto. Con frecuencia las familias sirias no tienen ni el dinero ni los documentos necesarios para poder registrar a los recién nacidos. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez

Una médica de MSF se prepara para atender a una mujer embarazada. Para la mayoría de los nuevos residentes en el campo de Shatila pagar por los servicios médicos es un lujo que no pueden permitirse. La atención gratuita proporcionada por MSF es vital para ellos. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez 
Una médica de MSF se prepara para atender a una mujer embarazada. Para la mayoría de los nuevos residentes en el campo de Shatila pagar por los servicios médicos es un lujo que no pueden permitirse. La atención gratuita proporcionada por MSF es vital para ellos. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez

Una enfermera examina a un bebé en la maternidad de MSF en Shatila. El registro de los recién nacidos es muy complicado para los refugiados sirios en Líbano. En la mayor parte de los casos carecen de documentos porque huyeron precipitadamente y bien los olvidaron o fueron destruidos junto con sus casas. Sin el registro de matrimonio de los padres, el niño no puede ser inscrito. El proceso es complicado, se requieren varias visitas a la administración libanesa y dinero para pagar las tasas. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez 

 Una enfermera examina a un bebé en la maternidad de MSF en Shatila. El registro de los recién nacidos es muy complicado para los refugiados sirios en Líbano. En la mayor parte de los casos carecen de documentos porque huyeron precipitadamente y bien los olvidaron o fueron destruidos junto con sus casas. Sin el registro de matrimonio de los padres, el niño no puede ser inscrito. El proceso es complicado, se requieren varias visitas a la administración libanesa y dinero para pagar las tasas. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez
Cathy Janssens, matrona y supervisora en la unidad de maternidad de MSF en Shatila, asiste un parto. “Los refugiados sirios tienen muchísimas dificultades para conseguir tratamiento en los hospitales de Beirut. Recuerdo cuando un padre me pidió ayuda. Había estado intentando que atendieran a su esposa embarazada en cinco hospitales diferentes en Beirut, pero ninguno de ellos les aceptaron. Lo mejor de mi trabajo ocurre cuando, durante el parto, la madre agarra mi mano y me mira fijamente mientras le ayudo. Esperas expectante oír el llanto de una nueva vida que llega al mundo. Una vida difícil, dura e injusta, pero, al menos, esto es lo mínimo que les podemos dar”. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez 
Cathy Janssens, matrona y supervisora en la unidad de maternidad de MSF en Shatila, asiste un parto. “Los refugiados sirios tienen muchísimas dificultades para conseguir tratamiento en los hospitales de Beirut. Recuerdo cuando un padre me pidió ayuda. Había estado intentando que atendieran a su esposa embarazada en cinco hospitales diferentes en Beirut, pero ninguno de ellos les aceptaron. Lo mejor de mi trabajo ocurre cuando, durante el parto, la madre agarra mi mano y me mira fijamente mientras le ayudo. Esperas expectante oír el llanto de una nueva vida que llega al mundo. Una vida difícil, dura e injusta, pero, al menos, esto es lo mínimo que les podemos dar”. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez

Nasreen, palestina, nació y creció en Shatila. Durante los últimos diez años ha trabajado como asistente social y, en la actualidad, trabaja con MSF en el centro de Shatila. Su trabajo consiste en ir de puerta en puerta intentando identificar si hay una emergencia médica. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez 
 Nasreen, palestina, nació y creció en Shatila. Durante los últimos diez años ha trabajado como asistente social y, en la actualidad, trabaja con MSF en el centro de Shatila. Su trabajo consiste en ir de puerta en puerta intentando identificar si hay una emergencia médica. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez

Un rayo de luz entra a través de una ventana oxidada e ilumina la silueta de ‘L’, madre siria de seis hijos. L. huyó de la guerra de Siria hace un año. “Había demasiado sufrimiento, demasiado dolor...”. Decidió trasladarse al campamento de Shatila con su familia para poder encontrar un lugar en el que vivir costeando un alquiler asequible. Paga casi 300 dólares (284 euros). Fuera del campo de refugiados es muy difícil encontrar un lugar para vivir por menos de 800 dólares (759 euros). Su marido encuentra empleo en trabajos temporales pero no gana lo suficiente como para alimentar a la familia. L. acude de manera regular al centro de salud de MSF en Shatila buscando atención médica para su familia. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez 
 Un rayo de luz entra a través de una ventana oxidada e ilumina la silueta de ‘L’, madre siria de seis hijos. L. huyó de la guerra de Siria hace un año. “Había demasiado sufrimiento, demasiado dolor...”. Decidió trasladarse al campamento de Shatila con su familia para poder encontrar un lugar en el que vivir costeando un alquiler asequible. Paga casi 300 dólares (284 euros). Fuera del campo de refugiados es muy difícil encontrar un lugar para vivir por menos de 800 dólares (759 euros). Su marido encuentra empleo en trabajos temporales pero no gana lo suficiente como para alimentar a la familia. L. acude de manera regular al centro de salud de MSF en Shatila buscando atención médica para su familia. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez

Un oso de peluche yace sobre el techo de una casa humilde del campo de refugiados de Shatila. Las viviendas invaden callejones tan estrechos que apenas dejan ver una pequeña porción de cielo a través de los cables, la ropa tendida y la amalgama de viviendas. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez 

 Un oso de peluche yace sobre el techo de una casa humilde del campo de refugiados de Shatila. Las viviendas invaden callejones tan estrechos que apenas dejan ver una pequeña porción de cielo a través de los cables, la ropa tendida y la amalgama de viviendas. Fotografía: Diego Ibarra Sánchez

lunes, 23 de marzo de 2015

Lee Miller: de top model a reportera de guerra

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 Era estadounidense, aunque quizá deberíamos decir que fue una mujer del Renacimiento. Y además fue una de las mujeres más guapas del siglo XX, pero decir eso es no como no decir nada. Vivió varias vidas en una. Solamente ella sabría decir en cuál de esas vidas fue feliz, si es que lo fue en alguna. A los siete años se escapó de casa para ver cómo funcionaba un tren. A los ocho años sufrió una violación. A los 17 vivió un improcedente romance de película en París. A los 18 quería suicidarse. A los 19 fue portada de Vogue. A los 20 era una de las modelos más cotizadas del mundo. A los 22 fue la primera mujer que apareció en un anuncio de compresas. A los 24 era la musa de Man Ray y Jean Cocteau y se codeaba con Pablo Picasso. A los 25 era una respetada fotógrafa de la vanguardia parisina. A los 26 era una de las más exitosas retratistas de Nueva York. A los 27 se retiró y se fue a vivir a Egipto. A los 30 era una de las pocas mujeres que tomaba el sol en topless. A los 35 se convirtió en corresponsal oficial de guerra. A los37 fotografió a las víctimas de los campos de exterminio nazis. A los 38 llegó con las tropas aliadas a Berlín y durmió en los antiguos aposentos de Adolf Hitler. A los 39 se convirtió en alcohólica. A los 40 fue madre. A los 46 se retiró por completo y para siempre de la fotografía, del periodismo y del arte. A los 70 años de edad, murió. Fue musa, testigo e influencia de toda una época.

Cuando piensas que provenía del mundo del arte, que había sido una de las hermosas modelos de los desnudos de Man Ray y que terminó metida en el horrible ámbito de la muerte y la destrucción, la transición fue extraordinaria. Pasó de ser idolatrada, amada y convertida en un icono de la belleza, a desdeñar la posibilidad de llevar una existencia creativa e indulgente para irse a vivir a una trinchera, ponerse un casco y alimentarse de comida enlatada, con el miedo a morir en cualquier momento… eso muestra verdadera credibilidad y valor. Fue a los campos de exterminio: si un tipo duro —como yo creía serlo— hubiese visitado semejante lugar, eso bien podría haber arruinado mi vida por completo. (Don McCullin, fotógrafo de guerra en Vietnam)

Prefiero tomar una foto que ser fotografiada. (Lee Miller)

Principios de 1927, Nueva York. En una atestada calle de Manhattan una chica camina tranquilamente por la acera. Tiene 19 años; es una adolescente completamente anónima como tantas otras de la gran ciudad. Pero algo la distingue: es extraordinariamente bella. Alta, espigada, media melena rubia, ojos claros como el cielo, una nariz ancha y felina, un óvalo facial perfecto. Se diría una estrella de Hollywood. Pero no; como tantas otras veces en su vida, su aspecto engaña y no es lo que parece ser.

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Lee Miller a los 23 años, época en que abandonó su carrera como “top-model”.
Un automóvil se detiene junto a ella: por la ventanilla se asoma un hombre de unos cincuenta y tantos años que la detiene para hacerle una pregunta: “¿te interesaría trabajar como modelo?”. Ella lo mira de frente y él entiende definitivamente que tiene entre manos un diamante en bruto. El hombre es Condé Nast, editor de Vanity Fair, New Yorker y fundador de la revista Vogue. Ella es Elizabeth Lee Miller, una jovencita de las afueras que está buscando la oportunidad de llevar una vida excitante. Durante los dos años que siguieron a ese encuentro fortuito en Manhattan, los estadounidenses verán a menudo el rostro de esa chica en revistas, en anuncios, en carteles. Está ahí, en principio, solamente gracias a su belleza. Pero no es por su belleza por lo que pasará a la historia. El aspecto de Elizabeth es lo que el mundo ve de ella, pero en realidad ella es otra cosa. Es una persona herida; el público no puede captarlo en sus retratos, pero la penetrante mirada de Elizabeth Miller oculta dolor y un pasado traumático. También es un talento creativo de primer orden y se convertirá en una de las pioneras de la vanguardia artística de la primera mitad del siglo. Por si fuera poco, terminará cubriendo los horrores de la Segunda Guerra Mundial desde el mismísimo frente de combate. Todo eso será en el futuro la chica a la que Vogue acaba de fichar en plena calle.

Hoy la recordamos, sobre todo, como fotógrafa. El interés de Elizabeth por la fotografía surgió precisamente durante su corta y exitosa etapa como modelo, pero no fue una vocación surgida de la casualidad. De hecho, el arte, la técnica y la artesanía se confundían en su familia desde generaciones atrás: todos los Miller parecían tener algo que hacer, ya fuese como artesanos o como artistas, y la afición por tareas manuales y cuestiones tecnológicas estaba profundamente arraigada entre ellos. Su abuelo, por ejemplo, se había convertido en una pequeña leyenda de la albañilería al colocar con sus propias manos nada menos que 7000 ladrillos diarios durante las obras de construcción del Antioch College, un centro educativo orientado a la enseñanza de las artes liberales. Su tío era el editor de American machinist, una importante revista especializada en mecánica. Su propio padre, Theodore Miller, era un licenciado en ingeniería mecánica que había desempeñado trabajos de todo tipo en el sector industrial antes de montar su propio negocio y establecerse entre la burguesía de Poughkeepsie, una pequeña ciudad a las orillas del río Hudson, el mismo que poco después desemboca en la monumental New York. Fue en Poughkeepsie, precisamente, donde nació nuestra protagonista.

Theodore Miller creía ciegamente en el sueño americano: un hombre puede conseguirlo todo mientras posea salud y dos manos con las que trabajar. También era un entusiasta del progreso tecnológico y científico, defensor de la razón por sobre la superstición y el dogma. Theodore era un liberal en el sentido estadounidense del término: su bandera era la libertad moral individual. Cada uno debe hacerse cargo de sus actos y decidir por sí mismo si su conducta es admisible o no, más allá de lo que dicten los prejuicios sociales o religiosos. Así que, aunque se consideraba un hombre espiritual —de hecho solía tomar consejo personal de un pastor cristiano— educó a sus hijos sin intentar contagiarles dogmas preestablecidos. Por ejemplo, les explicaba que cuando uno analiza bien el asunto, el ateísmo resultaba más razonable que la creencia en Dios. No era estrictamente antirreligioso aunque sí criticaba las grandes religiones organizadas, a las que veía como fábricas de fanáticos que aceptaban sin rechistar prejuicios absurdos y que casi invariablemente se oponían al avance en el conocimiento científico y al progreso de las costumbres. Para Theodore Miller la moral era el resultado de la responsabilidad individual para con los demás, y no el resultado de un rígido sistema de valores aprendido de memoria en un libro sagrado: “Podéis hacer lo que os apetezca” —les decía a sus hijos— “siempre que no hagáis daño a nadie con ello”.  Ese discurso valía para sus dos hijos varones. También valía para Elizabeth Lee, su hija mediana, la única niña de la familia, y su favorita.
 
La naturalidad, pues, constituía parte intrínseca de la crianza en la casa de los Miller. La pequeña Elizabeth podía ser ella misma aunque no se ajustase a los estereotipos de lo que se esperaba en una niña de familia burguesa. O dicho de otro modo: no le gustaban las muñecas. A ella le gustaba lo mismo que a sus dos hermanos varones: los tres pequeños Miller se divertían con los trabajos manuales e imitaban los hobbies de su padre, quien además de ingeniero de profesión se consideraba inventor y pasaba el día construyendo artilugios nuevos. Los tres hermanos disfrutaban enormemente del entorno campestre de la casa, de los animales, de las casitas en los árboles que Theodore construía con pericia. Desde muy pequeña Elizabeth aprendió que su sexo no tenía por qué limitar sus gustos o sus aficiones. Es más, no cupo en sí de regocijo el día en que su padre le cortó el largo cabello dejándoselo como el de un niño. Para disgusto, eso sí, de su madre. Porque Florence Miller quería ver a la pequeña Elizabeth convertida en una princesita de manual (de hecho, la buena mujer había peinado a su primogénito John con bucles más propios de una fémina hasta el momento en que el chiquillo acumuló vocabulario suficiente como para decir “¡basta!”). Pero no había caso: a su hija le gustaban los artilugios técnicos, los aparatos, las tareas manuales y los toscos juegos de varones. Gracias a la amplitud de miras de su padre —hablamos de principios del siglo XX, cuando la palabra “feminismo” ni siquiera se empleaba aún en los Estados Unidos—  Elizabeth no se veía obligada a ejercer como figurita de porcelana, como le sucedía a tantas hijas de otros burgueses de la zona. Como ella misma diría mucho más tarde con su ironía característica:

No soy muy hábil con las manos. Soy buena con un destornillador, puedo desmontar una cámara. Pero, ¿coser un botón? Podría ponerme a gritar.
lee junto a su padre, Theodore Miller.
Elizabeth Lee junto a su padre, Theodore Miller

Una de las cosas que más le gustaban era el tren de juguete de su hermano mayor. Desarrolló una pasional fijación por los trenes y podía pasarse horas mirando cómo el pequeño convoy iba y venía por las diminutas vías. El día en que supo que toda la familia iba a realizar un viaje en un tren de verdad, entró en un estado tal de excitación que desapareció repentinamente de casa sin decir una palabra. ¿A dónde había ido? Completamente desesperados, sus padres la buscaron por todas partes, pero no pudieron hallar ni rastro. Como suele suceder en estos casos, los adultos no buscaron en el lugar más obvio: resultó que, consumida por la curiosidad, Elizabeth se fue caminando sola hasta la estación para poder inspeccionar una locomotora de cerca. Abordó al conductor y comenzó a hacerle toda clase de preguntas sobre el funcionamiento del tren. El empleado del ferrocarril le mostró la cabina de mando, para gran regocijo de la pequeña, pero finalmente comprendió que la niña no estaba acompañada y la devolvió a casa con gran alivio del matrimonio Miller. Así era Elizabeth: una niña inquieta que rompía los estereotipos de la princesita burguesa que parecía ser pero que en realidad no era. Tenía solamente unos siete años pero ya daba buenas muestras de la curiosidad y de ese afán de aventuras que albergaba en su indomable espíritu y que en la edad adulta la llevaría a jugarse la vida en la guerra.

Florence, su madre, era una mujer tradicional y a duras penas entendía las “masculinas” aficiones de su pequeña. Al contrario que su marido, Florence estaba escasamente cultivada, apenas tenía una formación básica y no veía mucho más allá de las convenciones sociales establecidas. Así que cuando contemplaba a Elizabeth disfrutando con actividades de niños se le antojaba que su pequeña podría terminar convirtiéndose en un “chicazo”. No había conseguido convertir a la niña en una muñequita. Aunque la verdad es que había muchas cosas en aquella casa que Florence no conseguía: tampoco podía impedir que la flexible ideología vital de su marido se tradujese en frecuentes relaciones extramatrimoniales con otras mujeres. Florence estaba resignada a convivir con la generosa (para sí mismo) liberalidad de su marido, quien imponía en la familia su personalidad, su manera de ver las cosas y su concepto del mundo. Y además los niños lo adoraban. Así pues, la pequeña Elizabeth —que se sentía mucho más identificada con su padre que con su madre— difícilmente podía aspirar a crecer para convertirse en una esposa modelo. A sus siete años era una niña poco convencional, pero también era muy alegre. Theodore, gran aficionado a la fotografía, documentó extensamente sus primeros años y las imágenes nos muestran que Elizabeth Lee Miller era feliz. Aunque su felicidad iba a durar poco: había negros nubarrones en el horizonte.

La violación que sufrió durante su infancia la dejó marcada de por vida.
La violación que sufrió durante su infancia la dejó marcada de por vida; la sombra de su interior nunca desapareció del todo.

Thedore, por motivos de trabajo, viajaba con frecuencia a Suecia. Allí establecía relaciones comerciales y personales con hombres de negocios locales, así que amigos suecos le devolvían la visita y aparecían ocasionalmente por la residencia de los Miller. Una de aquellas visitantes, Astrid Kajert, era la esposa de un empleado de la compañía que acababa de llegar desde Europa para establecerse en Brooklyn. Dado que Poughkeepsie estaba cerca de Nueva York, el matrimonio Kajert se alojó durante unos días en la casa de campo de los Miller y ambas parejas cultivaron una buena amistad. Astrid se encariñó rápidamente con la pizpireta niña de la familia: la sueca no tenía hijos, pero el aspecto nórdico de la pequeña Elizabeth le recordaba mucho al aspecto que podría haber tenido una hija propia. Pronto hizo buenas migas con la niña y el cariño fue mutuo: a Elizabeth le encantaba pasar tiempo con Astrid, hasta el punto en que sus padres dieron permiso para que estuviera unos días con su nueva amiga en el apartamento que los Kajert ocupaban en Nueva York. Una vez en la gran ciudad, la pequeña se lo pasó en grande con todos los excitantes descubrimientos que atesoraba la enorme metrópolis. Para una niña curiosa y aventurera como ella la ciudad de los rascacielos constituía un enorme parque de atracciones, un estímulo constante. Le gustó especialmente —como era de esperar— el tren subterráneo. El descubrimiento del “metro” dejó absolutamente fascinada a Elizabeth. No podía ser una niña más feliz.

Sin embargo, bastan unos siniestros minutos de indefensión para arrebatarle aquella felicidad y abrir unas dolorosas heridas que durarían toda una vida. Un mal día en el que Astrid tenía que salir a comprar y su marido también estaba ausente, la sueca dejó a Elizabeth en el apartamento, al cuidado de un amigo de la familia. Sin sospechar nada, completamente confiada, la mujer se fue de compras. Y entonces sucedió. El supuesto cuidador violó a Elizabeth en ausencia de la dueña de la casa. Solamente tenía ocho años y acababa de sufrir una terrible agresión sexual. Un suceso que iba a dejarla marcada para siempre, ya que desde entonces habría una sombra permanente en su interior. No sabemos mucho más sobre el incidente —ella apenas quiso mencionarlo durante el resto de su vida— pero sí nos consta que el asunto se descubrió enseguida y Elizabeth fue devuelta a toda prisa con su familia.

Lee con su uniforme de corresponsal oficial del ejército estadounidense.
Lee con su uniforme de corresponsal oficial de guerra del ejército estadounidense.
Los Miller apenas supieron cómo encajar el golpe. Se apresuraron a buscar el consejo de los médicos porque resultaba evidente que semejante trauma podía tener efectos demoledores en su pequeña hija. De hecho, para la desdichada Elizabeth los horrores no terminaron con el acto de la violación en sí, porque empezó a desarrollar extraños síntomas hasta que finalmente  supieron que —para colmo— su agresor le había contagiado la gonorrea. A partir de ese momento y durante varios años su madre tuvo que aplicarle curas periódicas en la intimidad del cuarto de baño. John, su hermano mayor, recordaba más adelante cómo durante aquellas curas podía escuchar llorar a Elizabeth desde el otro lado de la puerta. El dolor, la vergüenza y el miedo se convirtieron en las notas dominantes de su nueva y desdichada vida.

Aquella violación, de acuerdo con el testimonio posterior de sus hermanos, cambió a Elizabeth por completo. Se tornó taciturna y propensa a manifestar cambios de humor incontrolables. Ella misma no podía entender absolutamente nada de lo que estaba pasando, pero sabía que estaba sufriendo. Se sentía sucia; estaba físicamente contaminada y el tratamiento íntimo al que tenía que someterse era para ella una prueba palpable de esa contaminación. Su propia madre tenía que limpiarla continuamente, así que había algo en ella que no estaba bien. La pobre niña no comprendía que no era culpable de nada y que no había ninguna suciedad en ella. Sus padres tuvieron que ponerla en tratamiento psiquiátrico y los médicos les advirtieron de que el trauma podría prolongarse de por vida. Elizabeth podía llegar a rechazar su propio cuerpo a no ser que consiguieran enseñarle a sentirse nuevamente confortable en su piel. Los doctores insistían en que, dado que la niña había descubierto el contacto sexual de manera prematura y violenta, debía transmitírsele la idea de que el sexo y el amor eran cosas muy diferentes. Porque en el futuro podría terminar careciendo de una vida sexual y emocional normal, a no ser que desvinculase la relación física de la relación emocional. Solo mediante aquella disociación podía Elizabeth Miller aspirar a tener una vida sentimental normal.

Había que reconquistar su cuerpo, hacia el que ahora ella misma sentía un intenso repudio, y los Miller usaron técnicas que hoy día podrían parecernos —y nos parecen— muy chocantes. Utilizaron la fotografía como terapia: Elizabeth empezó a posar sin ropa para su padre. Tal y como el psiquiatra les había dicho, Theodore era ahora el único hombre en quien la pequeña podía confiar, ya que en su mente los demás varones adultos podían representar la amenaza de sufrir otra agresión sexual. Los Miller pensaron que si conseguían que se sintiera cómoda mostrándose completamente desnuda ante su padre —su principal referente masculino— sin sentirse amenazada, darían un gran paso adelante porque hasta entonces el único hombre que había roto la sagrada barrera de intimidad de su cuerpo había sido aquel violador. La aquiescencia de Florence, que estaba siempre presente en aquellas sesiones de fotos, ayudaba a quitarle hierro al asunto y a que la niña se sintiera más arropada. La fotografía, pues, tuvo un papel central en la vida de Elizabeth Lee Miller desde muy tierna edad. Existe una fotografía verdaderamente conmovedora: la pequeña Elizabeth posando en la nieve sin más ropaje que unas botas de piel, intentando protegerse del frío con los brazos. Es la viva imagen de la indefensión.

Como decíamos, los terapeutas ya habían anticipado que el carácter de la niña iba a cambiar y que su tránsito hacia la adolescencia podría terminar siendo bastante tormentoso. Y acertaron. A causa de la rabia acumulada en su interior, Elizabeth comenzó a tener ataques de ira en los que destrozaba su habitación. Por momentos se volvía incontrolable y sus vaivenes emocionales desconcertaban a sus padres, no digamos ya a sus dos hermanos. Los Miller intentaron contrarrestar aquellos cambios de humor buscándole a Elizabeth amiguitas de su edad: constantemente invitaban a compañeras del colegio a casa para que su hija se sumergiera en un ambiente de preadolescencia normal. Desde luego había que evitarle la tentación de encerrarse en sí misma, de recurrir a la soledad como refugio. Y funcionó, porque Elizabeth empezó a socializar con éxito con las otras niñas. Es más, algún efecto debió de tener también sobre el aprecio a su propia feminidad, ya que finalmente sus gustos y actividades se volvieron más relacionados con los de una fémina de su época. Aunque nunca abandonó su gusto por las actividades campestres, por los animales y por los cachivaches varios de su padre, también empezó a preocuparse por asuntos típicos de las chicas de su edad y de su condición social. Acudía gustosamente a cursillos de cocina, de piano o de danza, actividad que le gustaba especialmente porque le permitía expresarse libremente con su cuerpo. Salvar su feminidad formaba parte del proceso de curación y daba la impresión de que Elizabeth empezaba a seguir una evolución normal. Eso sí, por mucho que mejorase de puertas hacia fuera, sus heridas no habían desaparecido ni iban a desaparecer por completo jamás. Pero al menos la estaban rescatando del odio a su condición de premujer.

Lee Miller, botas y uniforme fuera, en la bañera que perteneció a Hitler y donde se sacó "el polvo de Dachau". Era su venganza poética contra el régimen nazi, al que odiaba visceralmente.
Lee Miller, botas y uniforme fuera, en la bañera que perteneció a Hitler. Con aquel baño, dijo ella, se sacaba “el polvo que traía de Dachau”. Era su venganza poética contra el régimen nazi, al que odiaba visceralmente.
Hubo otros acontecimientos positivos que la ayudarían a salir adelante: cuando tenía diez años, su madre la llevó al teatro para contemplar la gira de despedida de la legendaria actriz Sarah Bernhardt. Aquella experiencia transfiguró a Elizabeth, que desarrolló una efervescente pasión por las artes escénicas. Empezó a soñar con dedicarse a alguna tarea creativa relacionada con el teatro. Lo cierto es que la escuela no le interesaba demasiado; era una alumna distraída, incapaz de someterse a la disciplina de un aula. Prefería entretenerse en casa con los aparatos ópticos y fotográficos de Theodore o con los juegos de química de sus hermanos, realizando atrevidos experimentos que —por cierto— solían terminar en el más completo caos. Y en vez de hacer los deberes prefería escribir historias que imitaban aquellas obras de teatro que tanto le gustaban, como las de G. B. Shaw. Precisamente la literatura era una de las pocas asignaturas en las que obtenía buenas notas y la afición por la narrativa fue algo que le serviría muchos años más adelante, cuando se convirtiese en corresponsal de guerra. Durante sus años escolares quedó también patente su incipiente talento para las artes visuales. Pero más allá de estos intereses concretos le resultaba muy difícil adaptarse a los encorsetados límites de las escuelas católicas femeninas donde sus padres la llevaban. Sus problemas de escolarización persistían. Era una niña inteligente, pero no siempre resultaba fácil someterla al dictado de las necesidades académicas y únicamente aplicaba esfuerzo en aquellas materias que despertaban su interés o curiosidad, despreciando abiertamente el resto.

Aunque los años de adolescencia la hubiesen “feminizado” de manera más adecuada a los estándares del momento y aunque diese clases de piano y danza, seguía sin aspirar a convertirse en una princesita. Y eso que la lotería de los genes quiso que empezase a desarrollar una belleza excepcional: se transformó en una jovencita de proporciones clásicas cuyo rostro recordaba a las de estrellas de cine de la época. Los chicos de su edad, inevitablemente, comenzaron a adorarla. Continuamente la comparaban con starletts de la pantalla y discutían si la hija de los Miller era más guapa que tal o cual actriz de moda, completamente rendidos ante ella. Comparaciones en las que —hay que decir— Elizabeth salía ganando frecuentemente y no sin motivo. Pero como de costumbre, su deslumbrante envoltorio confundía a los más incautos. Poco podían sospechar sus admiradores la carga de oscuridad que la bella Elizabeth albergaba todavía dentro de sí; ella no se interesaba por los chicos de su generación, que no podían ofrecerle un refugio paternal. Se asfixiaba en el ambiente reducido de su ciudad. Quizá eran las ansias de escapar de su oscuridad interior las que la llevaron a anhelar una vida bohemia, alejada de la disciplina de las escuelas y a poder ser relacionada con los escenarios. Su creciente interés por el arte parecía estar convirtiéndose en el faro que guiaba su existencia: teatro, danza, escritura. Aunque, curiosamente, y pese a la afición de su padre por las cámaras, todavía no había considerado la idea de convertirse en fotógrafa.

Los Miller fueron de vacaciones a París cuando Elizabeth tenía 17 años. Aquel viaje era todo lo que necesitaba para comprender que quería experimentar emociones nuevas más allá del provincianismo burgués de Poughkeepsie, y la capital francesa la impactó como ni siquiera había podido impactarla Nueva York, ciudad con la que evidentemente ya estaba mucho más familiarizada a esas alturas. En París descubrió un universo completamente nuevo. A lo cual contribuyó mucho una curiosa casualidad: los Miller, sin saberlo, habían reservado habitación en un hotel que era utilizado por varias prostitutas elegantes de la ciudad. Durante varios días les pasó desapercibido aquel hecho, mientras Elizabeth —que, con su agudeza característica, sí se había percatado— se pasaba largos ratos asomada a la ventana, contemplando con curiosidad y divertido regocijo el trasiego de mujeres de mala reputación que entraban y salían del hotel acompañadas de sus clientes o de sus amantes. Aquel era el París bohemio y pecaminoso del imaginario popular, el París de las novelas y de las obras de teatro, el París que cualquier estadounidense hubiese concebido en sus fantasías oníricas. Se trataba sin duda un espectáculo fascinante para una chica de suburbio como ella, el escaparate a un universo muy alejado de aquel convencionalismo burgués al que sus profesores, su madre e incluso su padre llevaban años intentando someterla. Ni siquiera su liberal progenitor podía competir con la desahogada liberalidad de los parisinos. Elizabeth supo que su lugar estaba allí.

París era además el epicentro de la vanguardia artística a nivel mundial. Los Miller visitaron museos y exposiciones, y aquello dejó profundamente marcada a Elizabeth. El contacto con la vanguardia terminó de ayudarla a decidir su futuro: quería ser una artista, no un ejemplar de “mujercita bien” del arrabal neoyorquino. Durante su estancia parisina conoció una importante escuela de diseño teatral dirigida por el pintor y escenógrafo húngaro Ladislas Medgyes. Sabiendo la pasión que su hija sentía por el teatro, Theodore y Constance accedieron a matricularla por un año en aquella escuela: sería mejor que hiciera algo de provecho en París, aunque fuese algo tan inusual como estudiar escenografía, que tenerla perdiendo el tiempo en un colegio americano. Ella parecía ansiosa por empezar a alzar el vuelo por sí misma, algo que naturalmente encajaba como un guante con el mensaje do it yourself que Theodore Miller había inculcado a sus hijos. Elizabeth tenía iniciativa y no iba a ser él quien le cortase las alas. Así que estaba decidido: ella se quedaría en París mientras sus padres regresaban a Estados Unidos.

Elizabeth, por descontado, no cabía en sí de gozo. Aquello era todo lo que había soñado. Las emociones de la capital francesa servían para apaciguar sus demonios internos y además alimentaban su innato instinto para la aventura y la búsqueda de sensaciones nuevas. Pero al cabo de los meses su estancia en la escuela dio un giro inesperado. El director, el famoso Medgyes, era un consumado seductor y naturalmente no pudo evitar fijarse en su joven y bella alumna. No le resultó demasiado difícil deslumbrarla y al parecer ambos se embarcaron en un inapropiado idilio. Idilio que no iba a durar, quizá porque los rumores cruzaron el charco y llegaron hasta los padres de Elizabeth, quienes la retiraron inmediatamente de la escuela y la obligaron a volver a Estados Unidos. Una cosa es que su hija descubriese una sexualidad sana y normal, y otra muy distinta que se liase con un profesor mucho mayor que ella. Así que la aventura parisina había terminado… de momento.

Pero para entonces Elizabeth ya había disfrutado de los placeres de París, incluidos el romance y un sexo sin traumas. Si su madre aún albergaba alguna esperanza de transformarla en una señorita como Dios manda —aunque probablemente ya había desistido a aquellas alturas— podía ir olvidando el asunto. La vena artística y bohemia de Elizabeth había despertado definitivamente y tras su retorno a Nueva York seguía decidida a convertirse en artista, de la manera en que fuese posible, aunque todavía no sabía exactamente cómo. Desde luego necesitaba nuevas emociones, porque en cuanto su vida bajaba de intensidad volvía a caer presa de la vieja angustia. Según sus propios recuerdos, durante aquella época albergó incluso pensamientos de suicidio. Pero fue entonces cuando Vogue apareció en su vida, iniciando una meteórica trayectoria que la convirtió en una de las primeras top models de la historia pero que también terminaría llevándola a cubrir —desde primerísima línea— los horrores de la Segunda Guerra Mundial. Ya todo el mundo sabía que Elizabeth era guapa, pero iban a descubrir que también poseía un tremendo talento artístico y literario, además de un valor literalmente a prueba de bombas. En la segunda parte contaremos cómo pasó de la portada de Vogue a dormir en la cama de Hitler tras haber contemplado con sus propios ojos, entre otros muchos espantos, el infierno de los campos de exterminio nazis. (Continúa)