sábado, 17 de octubre de 2015

Cómo leemos a los otros

Sus amables palabras no significan nada si su cuerpo pa-
rece estar diciendo algo distinto.                                        
JAMES BORG


 

A finales del verano de 1904, apenas unos pocos meses antes de que empezara el annus mirabilis de Einstein, el New York Times informó sobre otro milagro científico alemán, un caballo que "hace todo menos hablar". La historia, según aseguraba el periodista, no se había extraído de la imaginación sino que se basaba en las observaciones de una comisión designada por el ministro prusiano de Educación, además de las observaciones realizadas por el propio reportero. El sujeto del artículo era descrito como un semental, al que más tarde se apodaría Clever Hans (Hans el Listo) porque podía resolver problemas aritméticos e intelectuales de un nivel comparable al de nuestro actual tercer curso. Puesto que Hans tenía nueve años, ese sería el curso apropiado para su edad, si no su especie. De hecho, como cualquier humano corriente de nueve años, Hans había recibido cuatro años de instrucción formal, escolarizado en su propia casa por un tal Herr Wlhelm von Osten, su propietario. Von Osten enseñaba matemáticas en un Gymnasium local, y tenía fama de ser un excéntrico, pero también de no importarle en absoluto que se le viera como tal. Cada día, a una hora determinada, Von Osten se plantaba delante de Hans, a la vista de todos sus vecinos, e instruía al caballo con la ayuda de una pizarra y utilería diversa, y luego lo recompensaba con una zanahoria o un terrón de azúcar.
    Hans aprendió a responder a las preguntas de su maestro golpeando el suelo con su pezuña derecha. El reportero de New York Times describía cómo en cierta ocasión a Hans le enseñaron a golpear el suelo una vez para el oro, dos veces para la plata y tres veces para el cobre, y luego identificó correctamente monedas hechas con esos metales. De manera parecida identificaba sombreros de colores. Con la ayuda de aquel lenguaje de signos hecho con golpes de pezuña también podía dar la hora, identificar el mes y el día de la semana, indicar el número de cuatros en 8, 16 y 32; sumar 5 y 9, e incluso indicar el resto de dividir 7 entre 3. Para cuando el reportero presenció este despliegue, Hans ya se había convertido en una especie de celebridad. Von Osten lo había estado exhibiéndolo ante distintos publicos por toda Alemania, inlcuso en una actuación ante el propio káiser, y nunca había cobrado la admisión porque estaba intentando convencer al público del potencial de inteligencia de tipo humano que tenían los animales. Tanto interés generó el fenómeno de un caballo de tan alto CI que se constituyó una comisión para evaluar las pretensiones de Von Osten y había llegado a la conclusión de que en las hazañas de Hans no había truco. De acuerdo con la declaración emitida por la comisión, la explicación de las habilidades del caballo residían en los "excelentes métodos de enseñanza" utilizados por Von Osten, métodos que correspondían a los empleados por las propias escuelas elementales de Prusia. No está claro si con lo de "excelentes métodos de enseñanza" se refería al azúcar o a las zanahorias, pero según uno de los miembros de la comisión, "Herr von Osten ha logrado entrenar a Hans cultivando en él un deseo por las exquisiteces", y añadía: "dudo que el caballo realmente disfrute con el estudio".
    Pero no todo el mundo, estaba convencido de las conclusiones de la comisión. Una indicación reveladora de que en las hazañas de Hans podía haber algo más que un progreso metodológico en la educación equina fue que Hans a veces podía responder las preguntas de Von Osten aunque este no llegara a verbalizarlas. Es decir, el caballo de Von Osten parecía ser capaz de leerle la mente. Un psicólogo llamado Oskar Pfungst decidió investigarlo. Con el apoyo del propio Von Osten, Pfungst realizó una serie de experimentos. Lo que descubrió fue que el caballo podía responder a preguntas planteadas por personas diferentes de Von Osten, pero solo si quienes preguntaban conocían la respuesta, y solo si Hans podía verlos mientras golpeaba el suelo.
    Hizo falta una serie más de meticulosos experimentos para que Pfungst descubriera al fin que la clave de las hazañas intelectuales del caballo residían en señales que de manera involuntaria e inconsciente producía la persona que preguntaba. Pfungst descubrió que en el momento en que se formulaba una pregunta, quien preguntaba se inclinaba hacia delante de forma involuntaria y casi imperceptible, lo que incitaba a Hans a comenzar su golpeteo. Luego, a a medida que alcanzaba la respuesta correcta, otra leve expresión del lenguaje corporal señalaba a Hans que decía parar. Era un "tic", como diría un jugador de póquer, un cambio inconsciente de compostura que envía una señal sobre el estado mental de una persona. Pfungst observó que cada una de las personas que planteaban preguntas a Hans hacía unos "movimientos musculares parecidos" sin percatarse de que los estaba haciendo. 
    Al final, Pfungst demostró su teoría con una exhibición: desempeñó el papel de Hans y reunió a veinticinco sujetos experimentales para que le hicieran preguntas a él. Ninguno de ellos era consciente del propósito exacto del experimento, pero todos sabían que les observaban por si manifestaban señales que pudieran revelar la respuesta. Veintitrés de los veinticinco hicieron los movimientos delatores de todos modos, aunque todos negaron haberlos hecho. Von Osten, por cierto, se negó a aceptar las conclusiones de Pfungst y siguió su tour con Hans por Alemania, convocando muchedumbres entusiastas.
    Como bien sabrá todo aquel que alguna vez haya recibido de otro conductor un despliegue del dedo medio, la comunicación no verbal puede ser bastante obvia y consciente. Los científicos  le dan mucha importancia a la capacidad de los humanos para el lenguaje hablado, pero también tenemos una vía paralela de comunicación no verbal, y esos mensajes pueden revelar más que unas palabras cuidadosamente elegidas que a veces entran en conflicto con ellos. Dado que buena parte de la señalización y lectura de señales no verbales, si no toda, es automática y se realiza fuera de nuestra percepción y control conscientes, a través de nuestras señales no verbales comunicamos de manera involuntaria una gran cantidad de información sobre nosotros mismos y sobre nuestro estado mental. Los gestos que hacemos, la posición en que sostenemos el cuerpo, las expresiones que ponemos en la cara y las cualidades no verbales de nuestro discurso contribuyen a definir la manera en que nos ven los otros.


Leonard Mlodinow

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