miércoles, 22 de junio de 2016

Ciudades miseria


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   El mito fundacional de los llamados estados del bienestar afirma que fueron el resultado de la prudencia, el consenso, el aprendizaje de los errores pasados y el altruismo. En realidad formaron parte de una estrategia inteligente y ambiciosa, capitaneada por Estados Unidos, para minimizar el atractivo de la vía soviética en Europa. El resto de la humanidad -es decir, la mayor parte de la humanidad- no tuvo tanta suerte. Los procesos históricos inaugurados por los holocaustos victorianos fundaron el tercer mundo y definieron su naturaleza.
    La consolidación del capitalismo a escala mundial mantiene una estrecha solidaridad con procesos destructivos de gran envergadura. La devastación de las instituciones tradicionales configuró las raíces del ecosistema en el que viven varios miles de millones de personas. La relación entre el espacio construido y los recursos naturales en la mayor parte de nuestro planeta es básicamente la que cabria esperar tras una megacatástrofe.
    Desde finales del siglo pasado, por primera vez en la historia, más gente vive en áreas urbanas que en el campo. Para 2050 se espera que la proporción sea de 70% a 30%. Es engañoso hablar d éxodo rural hacia las "ciudades". De hecho, no existe consenso entre los especialistas acerca del nivel de urbanización contemporáneo porque la idea de ciudad se ha desdibujado por completo. El nuevo entorno habitado que se está imponiendo se compone de asentamientos difusos hiperdegradados sin ninguna de las características que tradicionalmente asociamos a las urbes. Se trata de aglomeraciones sin un trazado definido, sin agua, electricidad, calles, asfaltado o, sencillamente, casas en ningún sentido tradicional. [...].
   Las áreas urbanas hiperdegradadas -los megaslums- son el problema colonial del siglo XXI. Al igual que los holocaustos victorianos, son el subproducto de las políticas liberales. En los años ochenta del siglo XX las instituciones económicas internacionales impusieron en el tercer mundo un programa de empobrecimiento y desigualdad cuyas auténticas consecuencias globales sólo ahora empezamos a comprender. Las políticas de devaluación, privatización de la educación y la sanidad, destrucción de la industria local, supresión de las subvenciones alimentarias y reducción del sector público deterioraron radicalmente tejidos urbanos que ya tenían gravísimas carencias. Se incentivó el éxodo rural arruinando a los pequeños campesinos y favoreciendo a las multinacionales agroganaderas.

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 Cesar Rendueles

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