lunes, 31 de octubre de 2016

Las terribles consecuencias que tiene la pérdida de empatía

Hace mucho tiempo que en el corazón de la injusticia está la deshumanización de otros seres humanos
Los refugiados son  un grupo que ha sido deshumanizado sistemáticamente: si creyéramos que son como nosotros o como nuestros hijos, no toleraríamos que se ahoguen en masa en el Mediterráneo



Casi todos los seres humanos tenemos la capacidad de ser empáticos. Potencialmente, todos podemos sentirnos al menos preocupados, o sentir angustia de verdad, ante el sufrimiento de otros seres humanos. Reconocemos que, igual que nosotros, otras personas tienen inseguridades y ambiciones; nos enamoramos y tenemos relaciones que pueden rompernos el corazón; nos preocupamos por el bienestar de nuestros hijos; decimos cosas de las que luego nos arrepentimos; a veces no podemos dormir por el miedo o las preocupaciones; e intentamos causarles una buena impresión a aquellos a los que admiramos. Vemos cosas en otras personas que reconocemos en nosotros mismos, y eso nos acerca. ¿Pero qué sucede cuando dejamos de ver a un grupo específico de personas como seres humanos?

En  Hombres contra el Fuego, el penúltimo episodio de la extraordinaria serie Black Mirror de Charlie Brooker, unos soldados son enviados a matar unas “cucarachas” terroríficas, con colmillos estilo zombi. Los soldados disfrutan matándolas, incluso algunos parecen sentir cierto placer sexual al hacerlo. Pero resulta que las víctimas son en realidad personas. Luego se descubre que a los soldados se les ha implantado algo que transforma ante sus ojos las víctimas civiles desesperadas en monstruos que no merecen ningún tipo de compasión. Como le dice un psiquiatra militar a un soldado consternado al enterarse de la verdad: “Los seres humanos son empáticos por naturaleza. No queremos matarnos entre nosotros, lo cual es bueno, hasta que tu futuro depende de eliminar a un enemigo.” 

Mientras arde el campo de refugiados de Calais, hay pocas personas que quisieran matar a todos aquellos que logran escapar de la guerra, la persecución o las dictaduras. Sin embargo, no tiene sentido simular que la causa de los refugiados cuenta con mucho apoyo. Se trata de un grupo que ha sido deshumanizado sistemáticamente. No son como tú, ni como tu familia, ni como tus vecinos. Se los ve como una masa amorfa compuesta de criminales sin rostro, violadores en potencia y asesinos que nos robarán nuestros hogares, nuestros empleos y   nuestros recursos. Si creyéramos que son como nosotros o como nuestros hijos, no toleraríamos que se ahoguen en masa en el Mediterráneo.
 
Un refugiado intenta salvar su "casa" en para nada, horas después sería expulsado. Fotografía Gabriel Tizón
El año pasado, Sky News  tuiteó sobre un migrante que “murió intentando llegar a Inglaterra a través del túnel del Canal en un tren de carga”. Las respuestas no representaban a la mayoría decente: estaban llenas de sentimientos extremos pero de ellos se podía sacar algunas conclusiones. “Lo siento, pero ¿tenemos que sentirnos mal por estos criminales?”, preguntaba uno. “Pues uno menos que llega a arruinar la economía inglesa. No me dan pena,” decía otro. “Casi llega…apuesto que quedó hecho trocitos!!” se burlaba otro. Otros eran más escuetos, con un simple “bien” les bastaba. 

Uno siempre intenta pensar que las personas capaces de expresar ese nivel de crueldad, ya no hablemos de llevarla a los actos, son sociópatas. Pero estas personas no son sociópatas. Los sociópatas son una parte muy pequeña de la población. Y hay una gran diferencia entre celebrar la muerte de un extraño en Twitter y llevar a cabo el acto de matar a alguien. 

Pero la realidad es que mucha de la violencia en la sangrienta historia de la humanidad no fue llevada a cabo por personas incapaces de sentir empatía. Las atrocidades las cometen personas que, en otros contextos, podían ayudar a un abuelito a cruzar la calle, sonreírle tiernamente a un niño desconocido en el tren, o ayudar a un desconocido en problemas.

Seres inferiores
Durante la guerra de los Balcanes en los años noventa, vecinos, colegas, incluso amigos se asesinaban los unos a los otros. No importaba quiénes eran: eran miembros de un grupo que, se creía, representaba una amenaza existencial para su comunidad. El colonialismo occidental se basó en no ver a los oprimidos como seres humanos. Pseudocientíficos y antropólogos desarrollaron teorías que presentaba a los africanos como seres inferiores a los europeos. Hasta 1967, los aborígenes australianos estaban enmarcados bajo la ley nacional de “flora y fauna”: eran, de forma oficial, vida salvaje, como los canguros. La opinión pública británica no habría tolerado las hambrunas evitables de mataron a decenas de millones de personas en la India si hubieran pensado que las víctimas eran como ellos.

Un refugiado huyendo de su propia huida en Europa (26-10-2016). Fotografía: Gabriel Tizón
En los años treinta el nazismo se apoderó de Alemania, una nación considerada una de las más civilizadas y cultas del planeta. Deshumanizar a los judíos, los eslavos y otros “indeseables” era una precondición para poder asesinarlos. En octubre de 1943, en el pueblo polaco de Poznan, Heinrich Himmler confirmó oficialmente el Holocausto nazi. “Debemos ser honestos, decentes y leales camaradas con los miembros de nuestra propia sangre, y con nadie más,” declaró.

Hoy no existe un plan sistemático e industrializado para exterminar a millones de personas, pero cientos de miles están muriendo en campos de concentración en Siria y la ONU describe el trato de los yazidíes como un genocidio. Nuestra lúgubre historia está plagada de casos en que la deshumanización llegó a ser extrema. Como explica la profesora de neurociencia social Tania Singer, “se puede fácilmente bloquear la capacidad natural para la empatía, no sólo en sociópatas sino en todos nosotros: basta con pensar que alguien no ha sido justo con nosotros o que no pertenece a ‘nuestra tribu”.  Vuelvo continuamente sobre este tema porque en el corazón de la injusticia está la deshumanización.

También nos ofrece pistas sobre cómo deberíamos reaccionar. Los lingüistas políticos argumentan que la derecha utiliza historias para armar un argumento, mientras que la izquierda se basa en hechos y estadísticas. Pero somos seres humanos, no máquinas. Hablemos de la crisis de refugiados. ¿Qué ha generado, al menos por un momento, un cambio de actitud? Fue cuando un niño kurdo, Alan Kurdi, llegó muerto a una playa turca. De pronto, pudimos ver a los refugiados como seres humanos: como los niños que juegan al fútbol en nuestras calles. 

En el Reino Unido, siempre se ha demonizado a aquellos que cobran ayudas del Estado. A menudo recuerdo el caso de Stephen Taylor, un veterano del ejército de 60 años al que se quitó la ayuda estatal porque no estaba buscando empleo activamente. En realidad estaba trabajando como voluntario en la Legión Real, ayudando a recaudar dinero para antiguos colegas heridos. Es una historia que siempre nos hace respirar hondo, pero mencionar a los cientos de miles a los que se les ha quitado la ayuda no. Del mismo modo, responderle al Daily Mail sobre su historia de un “gorrón” que vivía de lujo con ayudas del Estado obtenidas de forma fraudulenta no funciona, sobre todo cuando se estima que el fraude no llega al 0,7% del gasto en seguridad social. La anécdota se tropieza con las cifras reales. 

La injusticia se vuelve menos tolerable si las víctimas son humanas en vez de cucarachas. La deshumanización nos lleva a tolerar el sufrimiento de otros, en el mejor de los casos, o a matar en el peor de los casos. No es fácil recomponer nuestra humanidad en común, más cuando hay tantos intereses poderosos –desde medios de comunicación hasta políticos– que constantemente intentan socavarla. Pero es la única esperanza que nos queda en este mundo turbulento.


Valery


La UE y Canadá firman el CETA en Bruselas

 La Unión Europea y Canadá han firmado este domingo el acuerdo de libre comercio bilateral (CETA, por sus siglas en inglés), en una cumbre este domingo en Bruselas, celebrada con días de retraso por el bloqueo de la región belga de Valonia, que ha exigido salvaguardas adicionales para levantar su veto.

A la firma han asistido, en representación de la Unión Europea, el presidente del Consejo europeo, Donald Tusk; el jefe del Ejecutivo comunitario, Jean-Claude Juncker; y el primer ministro de Eslovaquia y presidente de turno de la UE, Robert Fico; mientras que Canadá ha estado representado por su primer ministro, Justin Trudeau.


En un ambiente distendido, después de las últimas semanas de tensión por la negativa valona a dar luz verde, los cuatro líderes han posado con un ejemplar del tratado comercial, que cuenta con más de 1.500 páginas. Aunque las negociaciones del CETA se dieron por cerradas en 2014, han sido necesarios dos años más para pactar una declaración “aclaratoria” adjunta al tratado en la que se atienden las preocupaciones de los Estados miembros.

La firma de este domingo no supondrá el fin del camino para la entrada en vigor del CETA. Primero se aplicará de manera provisional una parte sustancial del mismo, la de competencia comercial exclusiva de la UE, pero a partir del visto bueno del Parlamento Europeo, que se espera en diciembre.

Después, el acuerdo de libre comercio deberá pasar también por el proceso de ratificaciones nacionales en los parlamentos de los Estados miembros, antes de que sea posible su aplicación plena, lo que incluirá los polémicos tribunales de arbitraje.


Fuente:  http://www.yometiroalmonte.es/2016/10/30/la-ue-y-canada-firman-el-ceta-en-bruselas/

domingo, 30 de octubre de 2016

Escribí en el arenal



Sorolla y Bastida, Joaquin. Spanish, 1863-1929 - The Waves - s.d.



Escribí en el arenal
los tres nombres de la vida:
vida, muerte, amor.
Una ráfaga de mar,
tantas claras veces ida,
vino y los borró.



Miguel Hernández

Parásitos

Aún no sabes a lo que te estás enfrentando, ¿o sí? Al organismo 
perfecto. Su perfección estructural solo es igualada por su
hostilidad... Admiro su pureza; no le afecta ni la consciencia, 
ni los remordimientos, ni las fantasías de moralidad .

 ASH a RIPLEY en Alien, el octavo pasajero (1979)

Cuando iba de camino para ver a un amigo, me paré una noche en un hotel en Riverside, California. Después de deshacer mi equipaje, di un paseo por el lugar. Volví a mi habitación y encendí la televisión donde estaban poniendo un episodio de Expediente X. Hasta donde pude entender, un hombre del FBI se había vuelta repentinamente sombrío y triste, y no devolvía ninguna llamada telefónica. Cuando, por fin, otro agente lo localizó y se enfrentó a él, el hombre apesadumbrado, lo lanzó al suelo y atrajo su cara cerca de la suya, abriendo la boca. Acompañada de sonidos chirriantes, una criatura con aspecto de escorpión salía reptando de su boca y se introducía en la boca del otro agente.
   Algunos guionistas de televisión deben de tener también parásitos en sus mentes. Caí en la cuenta de que los parásitos eran la base de un montón de novelas de ciencia ficción, de películas y de series de televisión. Y me llamó la atención el hecho de que estos parásitos eran peligrosos porque podían manipular a sus hospedadores, justo como en la vida real. Cuando regresé a casa empecé a alquilar películas de vídeo. El título más antiguo que pude encontrar fue el de una novela de Roberte Heinlein de 1951, Amos de títeres. 
   Una nave espacial llena de alienígenas viaja desde Titán, la luna de Saturno, y aterriza cerca de Kansas City. Pero los alienígenas que transporta no son los bípedos sin pelo habituales de la década de 1950; son criaturas pulsátiles parecidas a medusas que se pegan a las columnas vertebrales de las personas.

Amos de títeres
   Escondidas debajo de la ropa de sus hospedadores, acceden a sus cerebros y los fuerzan a que les ayuden a propagar los parásitos por todo el planeta. La lucha contra ellos es un poco ridícula, con el Gobierno obligando a todo el mundo a que camine prácticamente desnudo para asegurarse de que nadie porta un alienígena. La humanidad se salva cuando el Ejército encuentra finalmente un virus que es capaz de matar a los parásitos y el libro acaba con una flota de naves espaciales que abandonan la Tierra en dirección a Titán para exterminar a los parásitos para siempre.
   Amos de títeres fue adaptado al cine en 1994 con una película bastante mediocre, pero su esencia -el argumento basado en humanos que albergan parásitos gigantes- se ha convertido en todo un clásico de Hollywood. Los parásitos son una parte de nuestro lenguaje dramático,  como ya lo eran en las comedias griegas. Una de las películas más importantes de 1998, The Faculty, tiene lugar en un instituto en el que

The Faculty
parásitos de otro planeta han ocupado los cuerpos y las mentes de profesores y estudiantes. De estas cosas parecidas a trematodos brotan tentáculos y zarcillos, y los introducen en sus nuevos hospedadores a través de sus bocas u oídos. Sus hospedadores pasan de ser profesores extenuados y chicos enfurruñados y violentos a ser ciudadanos honrados de ojos vidriosos que intentan propagar el parásito infectando a nuevos hospedadores.Serán varias clases de perdedores del instituto -traficantes de drogas, frikis y marginados- los que tengan que salvar al mundo de esta invasión.
   Los parásitos lograron su primer gran éxito en la gran pantalla casi veinte años antes, con la película de 1979, Alien, el octavo pasajero. Una nave espacial que transporta minerales se detiene en un planeta sin vida para investigar un accidente. La tripulación descubre una nave alienígena que ha sido destruida en un ataque despiadado, y cerca de ella encuentran un conjunto de huevos. Un miembro de la tripulación llamado Kane, se acerca a observar detalladamente uno de los huevos, y una especie de cangrejo gigante sale repentinamente del huevo, adhiriéndose a su cara y envolviendo su cuello con una cola. Sus compañeros lo llevan de regreso a la nave, vivo pero comatoso. Cuando el médico de la nave intenta retirar aquella cosa de su cara, esta aprieta aún más su cola alrededor del cuello de Kane. Al día siguiente la cosa ha desaparecido, y da la impresión de que Kane está bien. Se levanta y come vorazmente, normal en todos los aspectos. Por supuesto, ningún monstruo de película desaparece sin más. Este ha estado devorando los intestinos de Kane, quien poco después se pone las manos sobre el estómago, retorciéndose y gritando, y, de repente, un pequeño alienígena de cabeza protuberante perfora su piel y salta al exterior.

Alien, el octavo pasajero
   Es posible que Alien, el octavo pasajero haya hecho que Hollywood sea un éxito seguro para los parásitos, pero una gran parte del trabajo preliminar ya había sido realizado cuatro años antes en una película de bajo presupuesto y vista por muy pocos, dirigida por David Cronenberg, llamada Vinieron de dentro de...Esta tiene lugar en la torre Starlight, un impecable edificio de gran altura situado en una isla en las afueras de Montreal. "Navegue por la vida, tranquila y cómodamente", dice una relajante voz en off en un anuncio del edificio. Pero la tranquilidad y comodidad de este lugar aislado es destruida por un parásito del diseño. Es el trabajo de un tal doctor Hobbs. En un principio el doctor Hobbs se proponía crear parásitos que pudieran hacer el papel de órganos trasplantados. Un parásito podría estar conectado al sistema circulatorio de una persona y, por ejemplo, filtrar sangre como hace un riñón, mientras se queda solo un poco de sangre para mantenerse vivo. Pro el doctor Hobbs también tenía un plan secreto: había decidido que el hombre es un animal que piensa demasiado, y quería convertir el mundo en una orgía gigante. Con ese fin, diseña una criatura que sería una combinación de un afrodisíaco y una enfermedad venérea: un parásito que haría que sus hospedadores fueran sexualmente insaciables y que se propagaría con el acto sexual.
   Lo implanta en una mujer joven con la que había tenido una aventura, una mujer que vive en la torre Starlight. Ella duerme con otros hombres del edificio y propaga el parásito. Un gusano rechoncho del tamaño de un pie de niño, que vive en los intestinos de las personas y pasa de boca en boca con un beso. Transforma a las personas en monstruos sexuales, atacándose unos a otros en los apartamentos, las lavanderías, los ascensores. Violación, incesto y toda clase de depravaciones se dan por doquier.

Vinieron de dentro de...
   El médico de la torre se pasa una gran parte de la película intentando evitar la propagación del parásito. En una ocasión tiene que disparar a un hombre que estaba atacando a su enfermera (y novia), y escapan al sótano. Mientras se ocultan allí, la enfermera le cuenta que la noche anterior tuvo un sueño en el que ella estaba haciendo el amor con anciano. El anciano le explicaba que todo en la vida es erótico, todo es sexual, "esa enfermedad es fruto del amor que se tienen dos criaturas extraterrestres". Después de lo cual intenta besar al médico, con un parásito agazapado en su boca preparado para saltar. Él la deja inconsciente de un golpe. Intenta escapar del edificio, pero hordas de hospedadores infectados lo rodean y lo conducen a la piscina del edificio. Su enfermera está allí, y finalmente le da un beso mortal. Más avanzada la noche, todos los residentes salen conduciendo de sus garajes y abandonan la isla, para propagar el parásito y el caos que conlleva a lo largo y ancho de la ciudad.
   Mientras veía estas películas, me di cuenta de lo fácil que es trasladar la realidad biológica a una película de terror. La criatura de Alien no es ninguna sorpresa para un entomólogo que estudie las avispas parásitas. Puede que Heinlein no supiera que los parásitos pueden tomar el control de la conducta de sus hospedadores, pero sí que captó la esencia de ese control. Puede parecer absurdo que los parásitos de Vinieron de dentro de...puedan propagarse haciendo que las personas tengan relaciones sexuales, pero no es más absurdo que lo que hacen realmente los parásitos. El hongo que infecta a moscas y les hace subir a una brizna de hierba al atardecer, también usa un segundo truco para propagarse. Hace que el cadáver de su hospedador sea un imán sexual. Hay algo que en la mosca -algo que ha traído el hongo- que la hace irresistible para las moscas macho no infectadas. Intentan aparearse con ella, prefiriéndola a las moscas vivas. Mientras tantean el cadáver, se cubren de esporas. Cuando mueren, ellos mismos pasan a ser irresistible. ¿Cuándo hará alguien su película?.
   Desde luego, estos parásitos son algo más que simples parásitos. En Vinieron de dentro de..., Cronenberg los usa para poner de manifiesto la tensión sexual enterrada bajo la insulsa vida moderna. En The Faculty, los parásitos representan la pasmosa conformidad de la vida estudiantil, a la que solo se oponen los marginados. Y en Amos de títeres, escrito durante el macartismo de la década de 1950, los parásitos son el comunismo: se esconden entre la gente común, se propagan silenciosamente a lo largo de los Estados Unidos, y tienen que ser destruidos de la forma que sea necesaria. En un momento dado, el narrador dice: "Me pregunto por qué los titanes [el nombre que da el narrador a los alienígenas] no atacaron en primer lugar a Rusia; el estalinismo parecía hecho a su medida. Pensándolo bien, quizá ya lo habían hecho. Mi duda es cuál sería la diferencia de haber sido así; la gente que vive detrás del telón de acero tiene su mente esclavizada y dirigida por parásitos desde hace tres generaciones".
   Pero todas estas obras tienen algo en común: se basan en un profundo miedo universal a los parásitos. Este terror es nuevo, y por esa razón es interesante. Hubo un tiempo en el que los parásitos eran tratados con desprecio, cuando representaban a los elementos débiles, indeseables de la sociedad, que se interponían en el camino de su progreso. Ahora los parásitos han pasado de ser débiles a fuertes, y el miedo ha sustituido al desprecio. Los psiquiatras han reconocido una condición a la que llaman parasitosis ilusoria -terror a ser atacado por parásitos-. Las metáforas antiguas sobre parásitos, las usadas por gente como Hitler, eran extraordinariamente precisas en su biología. Y, a juzgar por películas como Alien y The Faculty, lo mismo pasa con las metáforas nuevas. No se trata dolo del miedo a ser asesinado; es el miedo a ser controlado desde dentro por algo que no sea nuestra propia mente, ser usado para cumplir el propósito de otros.
   Este terror concreto a los parásitos tiene sus raíces en cómo vemos actualmente nuestra relación con el mundo natural. Antes del siglo XIX, el pensamiento occidental veía a los humanos diferentes del resto de formas vivientes, creadas por Dios con un alma divina en la primera semana del Génesis. Pasó a ser difícil mantener esa línea divisoria a medida que los científicos comparaban nuestros cuerpos con los de los simios y encontraban que las diferencias eran bastantes menores. El siglo XX ha llevado esa comprensión hasta el detalle más fino, desde los huesos y órganos hasta las células y proteínas. Nuestro ADN se diferencia del de un chimpancé en pequeños matices.
   Seguimos viviendo como si estuviéramos por encima de los demás animales, pero sabemos que nosotros también somos colecciones de células que trabajan conjuntamente, que están armonizadas, no gracias a un ángel, sino gracias a señales químicas. Si un organismo puede controlar esas señales -un organismo como un parásito-, entonces puede controlarnos a nosotros. Los parásitos nos ven fríamente -como comida, o puede que como vehículos-. Cuando un alienígena sale rompiendo el pecho de un actor de cine, rasga violentamente nuestras pretensiones de ser algo más que criaturas brillantes. Es la propia naturaleza la que irrumpe repentinamente, y eso nos aterroriza.


Parásitos
Carl Zimmer

jueves, 27 de octubre de 2016

El cielo infinito

[El mundo de Copernico]
Mapa de Andreas Cellarius (1660) ilustrando el modelo del mundo de acuerdo a Copérnico (1543): El Sol inmóvil en el centro y los seis planetas (en ese momento conocidos) participando de movimientos circulares uniformes en torno al Sol (Créditos: The British Library).


... el cielo infinito
                                                      es testigo callado y sin sonrisa de nuestras derrotas
                                                                                                           W. H. Auden


Después de haberse publicado El origen de las especies "que destronó al hombre, lo mismo que tres siglos antes la tierra había perdido su posición central en el universo",  la violenta reacción emotiva que suscitó la obra de Darwin se ha calmado, pero el hombre sólo se ha reconciliado en parte con su origen. Ha aceptado su parentesco con otros seres vivos a condición de mantener una supremacía absoluta sobre ellos, material y moral. La primera es el resultado concreto e indiscutible de su superioridad intelectual, la segunda de su inmensa capacidad de proyección en el mundo abstracto del pensamiento.
   La ilimitada confianza en su capacidad intelectual, y los éxitos conseguidos gracias a unas estrategias cada vez más elaboradas, le animaron a lanzarse no sólo al conocimiento del universo, sino a la tarea mucho más ardua de desvelar el misterio de la mente. Estos éxitos le han hecho creer que puede alcanzar la meta anhelada: el conocimiento de su propio conocimiento.
   En la partida que se juega en el ajedrez cerebral, el hombre ha movido hábilmente las "piezas" que tiene para conseguir un resultado victorioso, pero las probabilidades de éxito son nulas.
   Aún hoy es válida la advertencia del máximo poeta italiano:


          Loco es quien espera que nuestra razón*
pueda recorrer el infinito camino...

   ... La "humana gente" aún no ha dejado la partida y aspira, si no a la victoria imposible, por lo menos a una concesión del adversario que le reconcilie consigo mismo y alivie su angustia vital.

* Dante Alighieri, La Divina Comedia



Rita Levi Montalcini

martes, 25 de octubre de 2016

Los miserables

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Bud y William Fields, Hale County, Alabama, 1936. Fotografía: Walker Evans / Library of Congress (DP).
 «A continuación voy a contarles un cuentecillo feo, una historia que me enferma y avergüenza de todo corazón; por suerte, tiene lugar en un país del que la mayoría de nosotros no hemos oído hablar nunca y, además, las partes más tristes son todas de oídas, “sin pruebas irrefutables”; de modo que bien podríamos fingir que no son ciertas»: así empieza William T. Vollmann uno de los capítulos de Los pobres. El cuento que les voy a contar yo ahora me enferma y entristece tanto como a Vollmann el suyo; a diferencia de este, no tiene lugar en Kazajistán o Yemen, sino aquí, y como todos conocemos a los protagonistas de estas historias aunque sea «de vista», difícilmente podríamos fingir que no son ciertas.

Aunque los vemos a diario, de los pobres no sabemos casi nada. Quien haya leído Elogiemos ahora a hombres famosos, de James Agee y el fotógrafo Walker Evans, sabrá más de la vida diaria de los aparceros de la Alabama de los años treinta que de los sintecho que duermen en nuestras calles. Es cierto que la de los Tingle, los Fields y los Burroughs —así se llamaban las familias que Agee y Evans retrataron— es una pobreza circunscrita, la miseria propia de una época, diferente en muchos aspectos a la de nuestro tiempo. Un muestrario más amplio de la pobreza puede encontrarse precisamente en el monumental, en todos los sentidos, libro de Vollmann. En Los pobres, Vollmann amplía el campo de batalla desde Estados Unidos a Rusia, sin eludir Afganistán, Vietnam o Colombia. En sus páginas encontramos a Sunee, una tailandesa alcohólica que no atina a contar su historia a derechas, a Wan, una mendiga que cree que es rica, o a Natalia, una rusa epiléptica que cree que la culpa de su situación la tiene el destino, en forma de picadura de garrapata: «Nací en un mal momento. Hay mucho veneno de garrapata en otoño». A Vollmann le pareció sorprendente la concepción del destino que tenía aquella mujer fruto de la era comunista, pero más le sorprendió que las respuestas de estas personas a la pregunta «¿Por qué eres pobre?» fuesen tan parecidas. Pese a las diferencias culturales, a la hora de explicar su situación aquellos hombres y mujeres apelaban de alguna forma al destino: unos invocaban a Alá («Alá así lo ha querido»), otros al karma («Porque fui malo en mi vida anterior»). En la mayoría de los casos, tendían a culparse y, lo que es peor, a resignarse: no se puede hacer nada para salir de la pobreza.

«Los pobres nunca, o casi nunca, pedirán una explicación de todo lo que tienen que soportar. Se odian entre ellos, y se conforman con eso». Vollmann recuerda esta frase de Viaje al fin de la noche en la introducción del libro. A su vez, la frase de Louis-Ferdinand Céline me recuerda a otro «viaje al fin de la noche»: el que emprendió el psicoanalista Patrick Declerck a finales de los ochenta. Durante más de quince años, como ese otro médico de pobres que fue el propio Céline, Deckerck atendió a los clochards de París en la calle, en centros de alojamiento y en hospitales. Su experiencia se recoge en Los náufragos, un magnífico libro que parece estar escrito desde las entrañas: «La mayoría de las veces, los odio», reconoce, «Apestan. Apestan a mugre, a pies, a tabaco y alcohol malo. Apestan a odio, rencores y envidia. Se roban entre ellos. Aterrorizan a los más débiles y a los impedidos. Acechan, como ratas, el sueño de los demás para quitarles sus miserias: botellas medio vacías, bolsas inmundas demencialmente llenas de trapos sucios y de periódicos rotos. También se matan. A veces violentamente, en la explosión de una conciencia alcoholizada o de manera muy deliberada, tras haber destilado durante mucho tiempo, resentimientos soterrados y pueriles. Violan a sus mujeres o las prostituyen por cuatro perras, por pastillas, cigarrillos o alcohol. Ellas no protestan, brujas que se ríen burlonamente con bocas desdentadas. Es imposible no odiarlos».

Pero esperen un momento, por favor, antes de juzgar a Declerck con demasiada dureza. Al fin y al cabo, son pocos los que se atreven a ir a Molokai… Como tal vez recuerden, Molokai era la isla adonde se enviaba a los enfermos de lepra para que acabaran de pudrirse. Antes de despedirse de ellos, sus familiares les organizaban un buen entierro. La ceremonia era simbólica, claro, su ataúd estaba vacío, pero para sus familiares ya estaban muertos. Peor aún, sabían que los enviaban a un lugar sin ley. De Molokai se decían cosas horrendas, como que los niños de ambos sexos tenían que prostituirse para poder comer. Nadie en sus cabales querría ir allí… Salvo el padre Damián, recuerda Declerck. Es curioso que el psicoanalista sacara a colación la historia del religioso belga en su libro sobre los indigentes. Imagino que en más de una ocasión la tuvo en mente al tratar con ellos. 

El libro de Vollmann tiene el mérito de ofrecer una visión panorámica, y al mismo tiempo a ras de tierra, de la pobreza. El americano está familiarizado con los bajos fondos, la violencia, las putas… Está acostumbrado a trabajar a pie de calle. Sin embargo, al igual que Agee, Vollmann es rico: «A veces me dan miedo los pobres […] Mi miedo a las personas a las que defino como pobres forma parte de lo que me define como rico». Los ricos miramos a los pobres desde arriba; tal vez desde la compasión; en el mejor de los casos desde el respeto; siempre desde la distancia. Declerck, como el padre Damián, no duda en arrodillarse en esas islas de Molokai que son algunas aceras. No los mira desde tan alto. Además, se atreve a mirarlos de frente, con los dos ojos. Como Nietzsche, el francés cree que «para ver algo por entero, el hombre debe tener dos ojos, uno de amor y otro de odio».

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Padre Damián, 1889. Fotografía: Sydney B. Swift (DP).
 En el invierno de 1985, Patrick Declerck se pone sus calzoncillos «de aventura» (por cosas de la vida, datan de la liberación de Bruselas ¡en 1944!) y un par de collares antipulgas (uno en el codo y otro en el tobillo). Se camufla bajo la ropa más andrajosa que es capaz de encontrar y, una vez escondidos los documentos de identidad en su habitación, se infiltra entre los indigentes en el Centro de Acogida de Nanterre. Declerck sabe lo que le espera. Él mismo conoció la indigencia, aunque brevemente y de forma muy atenuada, cuando se instaló en París procedente de su Bruselas natal. Sabe lo que es pedir. Sabe lo que es tener que defecar entre dos coches. Conoce el miedo a que te meen encima mientras duermes. Y a que te roben (muchos indigentes duermen con los zapatos atados al cuello para no despertarse descalzos). Conoce su rabia, una rabia infinita, «un odio sin objeto», contra el mundo entero… Y sabe lo que es vagar a la intemperie durante horas. «Caminar es, en cierto sentido, lo contrario de vivir en una casa», escribe Tomas Espedal. Y a Declerck fue precisamente ese caminar sin rumbo lo que le salvó: «Después de tres o cuatro horas, ya no se está de pie, se está casi a caballo. A caballo sobre uno mismo. Para llevarse más lejos. Más lejos todavía. A pesar de uno mismo. Contra uno mismo». Sin duda, los conoce bien. No obstante, no está preparado para lo que ve en Nanterre. De modo que, cuando sale de allí, decide dar parte a la policía de lo que ocurre. Como era de esperar, nadie hace nada. Fuera de Nanterre nadie cree que una parte del siglo XIX pueda perdurar en pleno siglo XX.

Poco después decide volver a Nanterre para atenderlos, y lo hará durante quince años, tras los cuales llega a la siguiente conclusión: «He ayudado a cuidarlos. Creo haber aliviado a más de uno. Sé que no he curado a ninguno». ¿Curarlos? ¿Exactamente de qué? Este es un punto que conviene aclarar, ya que nos encontramos en terreno pantanoso. A la pobreza la rodea una especie de bruma comparable al estado mental de aquellos que despiertan sobre cartones cada mañana. Las fronteras de este Molokai que es la pobreza no están bien definidas. Intuimos que por el norte linda con el alcoholismo; por el sur, con el analfabetismo; por el este, con la enfermedad mental; por el oeste, con el desempleo… Pero las líneas de demarcación no están trazadas con exactitud. Es evidente que no se puede explicar la situación de estas personas apelando únicamente a aspectos socioeconómicos. Al leer las historias que Declerck recoge en su libro, queda claro que hay además otros factores personales a tener en cuenta. Sin embargo, gran parte de la psiquiatría cree que la indigencia, como no es un diagnóstico psiquiátrico, ni siquiera un síntoma, no es exactamente de su competencia. Este tirarse la pelota los unos a los otros, de lo social a lo psiquiátrico y viceversa, solo contribuye a perpetuar el naufragio de estas personas. 

Al margen de las historias individuales, y las interpretaciones de Declerck, el libro contiene información muy valiosa de la que habría que tomar nota si de verdad queremos ayudarlos. Si algo muestra el libro de Declerck es lo poco que sabemos de ellos. Sorprende ver cómo reaccionaron los internos de Nanterre a la limpieza y renovación de las instalaciones en 1995: «La limpieza, la novedad y la sobria claridad de la arquitectura resultaron insoportables para muchos. […] Locales devastados, paredes embadurnadas de excrementos. Los albergados combatieron la asepsia ambiental eludiendo masivamente lavarse y limpiarse la ropa. Algunos se pusieron a amontonar desperdicios en sus habitaciones, transformándolas así en cubos de basura gigantes». Y que algunas medidas que se tomaron para preservar su dignidad y seguridad tuvieran efectos antagónicos: la eliminación de la obligación de ducharse hizo que aumentaran los problemas de higiene y las enfermedades; el hecho de que los internos pudieran cerrar las puertas de los dormitorios desde dentro hizo que incrementase su sensación de desamparo.  

Tampoco estaría de más reflexionar sobre cómo ha cambiado el perfil de la pobreza en los últimos años. Declerck dice en su libro que los migrantes, especialmente los que provienen de Europa del Este, son ahora quienes ocupan más plazas de los albergues, desbancando así a los «indigentes clásicos». Los propios indigentes dicen sentirse amenazados por los migrantes. Al igual que muchas personas fuera de Nanterre, piensan que han venido a comerse su sopa. Como señala Declerck, ni siquiera a la miseria le gusta compartir… Además, la inseguridad es tal que las autoridades del centro han subcontratado el trabajo de vigilancia a empresas privadas. El propio Declerck volvió a intentar infiltrarse entre los indigentes en 2005 y, visto el perfil de estos nuevos inquilinos (en algunos casos acostumbrados a los ambientes carcelarios), se asustó y, a la entrada del centro, se dio la media vuelta. «No se ha terminado de pasar miedo en Nanterre», concluye.

Pero tal vez lo más sobrecogedor de Los náufragos sea la idea de que algunos indigentes han interiorizado su situación hasta el punto de no poder vivir de otra manera. Esto no absuelve a la sociedad y hace que la culpa recaiga únicamente sobre ellos. Al contrario. Como dice Declerck, este tipo de sintecho es doblemente víctima, y nosotros, como sociedad, somos responsables por partida doble «pues no contentos con rechazarles del mundo del trabajo y de sus beneficios, de condenarles a existencias lamentables y de destinarles a sufrir en su carne la malnutrición y miserias psicológicas que pertenecen al siglo XIX, el poder mortífero de la exclusión es tal que se interioriza en el corazón mismo de ciertos sujetos que se convierten entonces en sus propios verdugos, recreando inconscientemente las condiciones siempre renovadas de su propia exclusión. El indigente es un excluido que ha llegado a no poder vivir de otro modo que en la exclusión perpetua de sí mismo».  Según esto, cabe una última reflexión. Teniendo en cuenta que a causa de la crisis muchas personas han perdido su trabajo, sus casas, se han visto obligados a acudir a comedores sociales, etcétera, habría que hacer lo imposible para evitar que los «nuevos pobres» entren en una situación de pobreza irreversible. Ahora que se habla tanto del déficit y la deuda pública, no debemos olvidar la deuda que tenemos con todos ellos, los nuevos pobres y los viejos.

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Floyd Burroughs y sus hijos, Tengle, Alabama,1936. Fotografía: Walker Evans / Library of Congress (DP).



lunes, 24 de octubre de 2016

Libro de conjuros

Manuel Franquelo.Sin título ( detalle, 1989). Acrílico y óleo sobre madera (80 x 130 cm). Colección Lord Jeffrey Archer.


¿Cómo vas a quitarme de pronto
tantas cosas que me habías dado?,
     tantas joyitas baratas
     que me ibas prendiendo al pelo,
         a la piel, a los párpados?

............

¿Para qué me lo dabas? ¿Por qué
me hacías de tu sombra los regalos
      de oro? ¿Por qué me engañabas
      así? ¿Para qué querías 
          irme así enamorando? 



Agustín García Calvo
    

Cientos de inmigrantes y refugiados abandonan la 'Jungla' de Calais en el primer día de desalojo



Fotografía: Gabriel Tizón
Cientos de migrantes y refugiados han comenzado a abandonar este lunes la llamada 'Jungla' de Calais, el inmenso campamento situado en el norte de Francia que el Gobierno de François Hollande ha dado la orden de desalojar.

La calma y la ausencia de incidentes han marcado esta primera jornada de evacuación. Antes del amanecer había cientos de personas haciendo cola cargados con sus maletas y bultos en el centro de registro ubicado cerca del asentamiento. El primer paso es el registro de los habitantes para repartirlos después en autobuses entre diferentes centros por toda Francia.

El procedimiento será el mismo durante los días que dure el proceso: los inmigrantes -procedentes principalmente de Sudán, Afganistán, Eritrea y Etiopía- podrán elegir entre dos regiones para ser destinados, exceptuando las afueras de París y Córcega. El registro, que comenzó poco después de las 08:00 horas de la mañana, solamente sirve para el reparto y no implica el inicio de un pedido de asilo.

La mayoría de los centros a los que serán enviados los inmigrantes están en el sur de Francia, muy lejos de su objetivo, que era en su mayoría cruzar al Reino Unido. El campamento se formó en Calais por su cercanía al país vecino, al que los migrantes querían cruzar en camiones, ferries o a través de las vías que atraviesan el Canal de la Mancha.

Meses de espera
Bashir, un sudanés de 25 años que esperaba en una de las filas esta mañana, aseguraba que "cualquier lugar de Francia" será mejor que las tiendas del campamento. Mohammed, etíope, por el contrario no está tan convencido: "Soy menor de edad, quiero ir a Gran Bretaña, los autobuses no me interesan".

Entre 6.000 y 8.000 inmigrantes deben subir a los autobuses habilitados para ser alojados en distintos centros de internamiento de Francia. Hombres, mujeres y niños que han permanecido pacientemente durante meses entre el fangoso barro esperando cruzar el Canal.

El Gobierno francés anunció a finales de septiembre el desmantelamiento del campamento que, con la inseguridad y la exasperación que genera en la población local, se ha convertido en un absceso que envenena el debate en Francia en torno a la inmigración.

La enorme operación que ha comenzado este lunes fue presentada por el Gobierno como "humanitaria". Permitirá sobre todo poner fin al campamento de chabolas más grande de Francia que comenzó a surgir hace 18 meses y está habitado mayoritariamente por refugiados llegados de Afganistán, Sudán y Eritrea que sueñan con llegar a Gran Bretaña.

Las autoridades comenzaron a repartir el domingo folletos impresos en varias lenguas para explicar el operativo y tratar de convencer a los más reticentes. "Quedan personas por convencer", admitió Didier Leschi, director general de la Oficina francesa de Inmigración.

Según los medios galos, han sido dispuestos 60 autobuses para trasladar a los que acepten irse hoy.

Una semana de plazo
Como Karhazi, un afgano que lamenta que lo obligaran a irse. "Tendrán que forzarnos para partir. Queremos ir a Reino Unido", insiste.

Varios inmigrantes han abandonado el campamento los últimos días para no alejarse de la región y seguir intentando cruzar el Canal de la Mancha, según voluntarios de las ONG que trabajan en la zona. Las excavadoras comenzarán a derribar este martes las carpas y chozas que daban cobijo a los inmigrantes.
Durante tres días, 145 autobuses se turnarán para transportarles hacia los 300 centros de acogida temporal distribuidos en toda Francia. El Gobierno, que afirma haber movilizado 7.500 plazas de alojamiento, pretende que la operación finalice en "una semana".

El Ejecutivo francés ha movilizado a 1.250 policías para garantizar el buen desarrollo de la operación de la evacuación, una operación delicada que ha provocado el desacuerdo de algunas autoridades locales francesas que ven una amenaza en el reparto de inmigrantes y que han aludido al riesgo de crear varios 'mini-Calais' a lo largo del país.

"Acoger en estas localidades a 30, 40 personas (...) me parece lo mínimo", respondió el domingo el ministro de la Ciudad, Patrick Kanner, exigiendo "respeto" y "humanidad" para estos inmigrantes, de los cuales muchos huyen de guerras y conflictos en sus países.



Fuente:  http://www.elmundo.es/internacional/2016/10/24/580da031e5fdea76218b4571.html

Kurdistán en guerra

El conflicto ha regresado a la región kurda de Turquía en un enfrentamiento entre fuerzas de seguridad e insurgentes kurdos caracterizado por flagrantes violaciones de los derechos humanos y en el que han muerto más de 2.000 personas en apenas quince meses.

La chica se hacía llamar Amara Sterk, y hoy probablemente esté muerta.
Desde que tuvo lugar esta conversación, a inicios del pasado febrero en Nusaybin (sureste de Turquía), el Ejército ha tomado la ciudad y aplastado sin contemplaciones la revuelta kurda, dejando a su paso una ciudad arrasada, cuyas imágenes parecen extraídas de la guerra en la vecina Siria.

En verano de 2015, tras el buen resultado electoral obtenido por los nacionalistas kurdos del partido HDP y la ruptura del proceso de paz que mantenían el grupo armado PKK y el Gobierno turco, los rebeldes kurdos optaron por abandonar su estrategia de guerra de guerrillas y llevar el conflicto a las ciudades. Barricadas y trincheras fueron levantadas en barrios de localidades como Varto, Nusaybin, Diyarbakir o Cizre para impedir a la policía entrar en ellos.



Los jóvenes que se hallaban a su cargo alegaban que se trataba de un movimiento popular y espontáneo para protegerse de las detenciones indiscriminadas que llevaban a cabo las fuerzas de seguridad y para reivindicar el autogobierno local, una de las demandas incluidas en el programa de los nacionalistas kurdos. El objetivo real, en cambio, era reproducir los cantones autónomos creados por los kurdos en Rojava (norte de Siria)  aprovechándose de la buena imagen internacional de que gozaba el PKK gracias a la lucha de sus milicias contra el Estado Islámico en Siria –con la heroica resistencia en Kobane- o en Irak –donde fueron cruciales para proteger a los yazidíes de ser completamente exterminados por los yihadistas

Cuando este periodista visitó Nusaybin a inicios de febrero, varias personas reforzaban las trincheras y barricadas en cuatro barrios liberados y construían túneles con un martillo neumático y una excavadora. De vez en cuando pasaba en moto un hombre de unos 30 o 40 años –probablemente un representante de la guerrilla- dando instrucciones a adolescentes armados como Amara Sterk, que se encargaban de patrullar las calles (pese a que el PKK se ha comprometido a no utilizar menores de edad ante las denuncias de organizaciones contra el uso de niños soldado). Se preparaban para el inminente asalto final del Ejército turco, tras varias ofensivas anteriores que se habían cerrado en tablas. Y llegaría apenas un mes después.

La estrategia de barricadas y trincheras le supuso al PKK una serie de victorias militares en una primera fase del renovado conflicto. La experiencia adquirida en Siria e Irak, luchando contra el Estado Islámico –grupo del cual copiaron tácticas de guerra urbana y en el manejo de explosivos-, le permitía, con apenas un centenar de militantes atrincherados en cada localidad, mantener atareadas a numerosas unidades de las Fuerzas Armadas: en lo más duro del asedio a la Ciudad Vieja de Diyarbakir, el sonido de las ambulancias trasladando heridos y cadáveres de soldados y policías turcos desde la línea del frente a los hospitales era incesante. Pero el Gobierno islamista de Turquía terminó por dar carta blanca al Ejército y a las Fuerzas Especiales de la Policía y la Gendarmería, movilizando incluso a efectivos en la reserva que habían participado en la guerra sucia de la década de 1990. Y las revueltas fueron aplastadas sin misericordia.

La grozni kurda
En la autovía que se dirige hacia la frontera de Irak, se encuentra Cizre, una ciudad polvorienta, conservadora y pobre, a la que sólo un meandro del río Tigris separa de la vecina Siria. Es una localidad construida a retazos por los kurdos desplazados de las zonas rurales a raíz de la política de tierra quemada empleada por el Ejército turco en los noventa contra el PKK. De barrios de aluvión y casas levantadas deprisa con materiales baratos.

Malvive del comercio, de la agricultura, de un par de mustios talleres industriales. Y del contrabando. “Ahora el contrabando se ha vuelto imposible, no puedes meter ni tres cartones en la ciudad porque está rodeada de checkpoints de los militares y la policía”, lamenta un vecino. “Y no es que los destruyan… ¡se los fuman ellos!”, añade con rabia. En Cizre parecen fumar todos, hasta los niños, sin que a nadie le importe mucho. Fuman sin parar, como si no hubiera un mañana. Y quizás no lo haya.

Los combates se han detenido en Cizre, ya sólo hay atentados y escaramuzas en sus alrededores, pero a Ahmet le cuesta conciliar el sueño. Cuando cierra los ojos escucha todavía el sonido de la artillería y se le aparecen imágenes vividas meses atrás. “Por ejemplo la del imán caminando delante nuestro mientras íbamos a la mezquita y una bala que le alcanza en el hombro. O la de mi primo, sentado aquí junto a la ventana, frente a mí, cuando la bala de un francotirador turco le reventó la cabeza”, relata.

El Gobierno turco impuso en Cizre un toque de queda durante las 24 horas del día a mediados de diciembre y el Ejército sitió la ciudad para acabar con los insurgentes kurdos, que habían tomado varios barrios. “Durante los primeros dos meses de asedio, los tanques no entraron en la ciudad, sino que bombardeaban desde las colinas que la rodean. Luego descendieron y penetraron en Cizre”, señala Ahmet.


 Mehmet presenció los tres meses de asedio desde el interior de Cizre, aunque envió a sus hijos y su mujer fuera de la ciudad y él se mudo a la casa de un amigo en otro barrio después de que su edificio fuese alcanzada por un obús.

“Durante todos estos meses sólo hubo un par de negocios abiertos unas horas al día, pero ir a comprar comida significaba arriesgarse a que te pegaran un tiro. Al levantarse el toque de queda regresé a ver mi casa, habían robado todo lo que pudieron y le habían prendido fuego”, asegura: “Pero esto son sólo los daños materiales, los psicológicos son peores.

Un primo mío murió calcinado en un sótano en el que se había refugiado y su padre se ha vuelto loco. Otro tío mío está desaparecido y ni su cadáver hemos hallado. Varios niños de trece y catorce años de mi barrio también han desaparecido”. Algunas familias, tras semanas preguntando por el paradero de sus allegados, han recibido simples bolsas llenas de huesos calcinados.

“Ni siquiera los médicos hemos podido recuperarnos de lo vivido”, asegura un empleado del Hospital de Cizre, que pide el anonimato. El edificio fue convertido en cuartel de las fuerzas especiales de la Gendarmería y no permitían a los doctores visitar los hogares dentro del cerco militar: “Durante meses no hemos podido vacunar a niños, ni atender a las embarazadas, muchas de las cuales han sufrido abortos causados por el pánico y el estrés. La gente ha sufrido traumas terribles, pero no hay psicólogos para atenderlos”.

Varios testigos consultados por este diario explicaron que al regresar a sus hogares los hallaron saqueados y cubiertos de pintadas racistas como “Pagaréis por venderos al PKK” o “Probaréis la fuerza de los turcos”. “En mi piso dejaron la ropa interior de mi mujer esparcida, un sujetador colgando de la estantería y condones usados por el suelo. ¿Qué hicieron allí?”, se pregunta otro vecino de Cizre mostrando las fotos de su hogar en el teléfono móvil.

La destrucción sufrida por Cizre durante las “operaciones antiterroristas” ordenadas por el Gobierno no tiene precedentes en la historia del conflicto kurdo y ha llevado a algunos a comparar esta localidad con la chechena Grozni o las ciudades sirias. Por ello, el Ejecutivo islamista se ha apresurado a enviar las excavadoras y los trabajos de reconstrucción avanzan rápidamente. “No quieren que queden pruebas de lo que ha ocurrido aquí”, opina Ahmet.

Pero el ambiente bélico sigue respirándose en una ciudad donde los combates aún se leen en las cicatrices de numerosas fachadas y que continúa tomada por policías y gendarmes fuertemente armados y cuyos blindados patrullan las calles continuamente. “Nos registran a cada paso y siguen yendo de casa en casa a detener a sospechosos. ¿Qué hemos hecho nosotros para merecer esto? Nuestra única culpa ha sido votar al HDP (Partido de la Democracia de los Pueblos)”, se queja Mehmet y recuerda que prácticamente todas las localidades que han sido sometidas a toque de queda en los últimos meses son aquellas donde esta formación kurda obtuvo entre el 70 y el 95 % de los votos: “Si no hubiésemos votado al HDP, no habrían enviado los tanques. Pero seguiremos votándolo”.


 Para Raci Bilici, presidente de la Asociación de Derechos Humanos (IHD), todo esto forma parte de una “guerra psicológica” destinada a desmoralizar a la población y sembrar el miedo entre los kurdos. De los más de 2.000 muertos que ha provocado el conflicto en apenas 14 meses, entre 330 y 700 –según los diversos cálculos- son civiles. “Hemos recabado pruebas de numerosas ejecuciones extrajudiciales contra combatientes apresados y también contra civiles. Los detenidos han sido sometidos a torturas y al menos tres personas han muerto en las cárceles. Y también hemos registrado desapariciones forzadas”, explica. Bilici denuncia que los jueces y fiscales turcos se han negado a investigar las muertes pese a la petición de los familiares. También se queja de que el Gobierno hizo aprobar al hemiciclo una ley que dificulta procesar a los militares implicados en las operaciones en el sudeste. Incluso la Comisión de Venecia, vinculada al Consejo de Europa, ha declarado que los toques de queda impuestos durante meses sobre una treintena de localidades kurdas no se ajustan a la legislación turca ni a la europea.

 “¿Cómo reaccionaría Alemania si unos terroristas declarasen una zona autónoma en la Baja Sajonia y dijesen a las autoridades que no pueden entrar? Francia ha tomado duras medidas contra los sospechosos de terrorismo y lo mismo ha hecho Bélgica. Cada país hace lo que debe en la lucha contra el terrorismo”, ha defendido el portavoz de la Presidencia de la República, Ibrahim Kalin.

¿Vuelta a la normalidad?
 
En torno a medio millón de personas se han visto desplazadas en el último año por el conflicto. Si bien, al contrario de lo ocurrido en los años noventa, la mayoría de los que huyeron no han emigrado a las regiones occidentales de Turquía sino que han permanecido en las provincias kurdas. Poco a poco, han ido regresando a sus lugares de origen, pero en muchos casos sus hogares no eran sino escombros. Según datos del Gobierno turco, hasta mayo más de 6.500 edificios habían sido completamente destruidos, pero la cifra podría ser mayor ya que la prensa local cifra en 3.000 las casas que se encuentran en estado de ruina sólo en la localidad de Nusaybin.

A todos apena ver borrados los paisajes de la infancia y juventud. La plaza donde uno se sentaba a comer pipas que ha sido reformada, el descampado donde pegaba patadas a un balón que ahora ocupa un centro comercial. Se puede imaginar pues cuán hondo será el sentimiento de pérdida de los habitantes de la Ciudad Vieja de Diyarbakir. Sus casas de piedra negra o de ladrillo, con los amplios patios donde corretearon por primera vez, donde nacieron sus hijos y quizás también sus padres, han sido borradas de un plumazo. Primero por la artillería del Ejército y los explosivos del PKK, después por los buldócer del Gobierno.

A Leyla Astam ni siquiera le han permitido regresar a ver lo que queda de su casa, pero quienes sí han podido entrar a la zona de obras, cercada por policías fuertemente armados, afirman que “no queda piedra sobre piedra”. Los vecinos aseguran que, de vez en cuando, las excavadoras aún todavía hallan cadáveres mientras desescombran la zona.

El Ejecutivo turco anunció que reconstruirá el área arrasada por los combates –que incluye patrimonio de cientos de años de antigüedad- y que convertirá Diyarbakir en un “nuevo Toledo”. Para ello, ha expropiado por decreto la práctica totalidad de la Ciudad Vieja –un área de 1,6 kilómetros cuadrados en el que se aglomeran unas 50.000 personas- pero, por el momento, ningún plan ha sido compartido con los afectados ni con el Ayuntamiento. “Yo no quiero que me metan en un edificio de viviendas sociales, ni que me den otra casa, aunque sea con jardín. Yo lo que quiero es recuperar mi casa. ¡Mi tierra!”, se desgañita Astam.

“Como siempre, los más afectados son las mujeres y los niños, a los que se ha arrancado de su entorno social. Durante ochos meses no ha habido escuela ni han estado abiertos los centros médicos, que han sido convertidos en estaciones de policía”, recalca Azize Kaya, del centro de apoyo a mujeres AMIDA: “Esta zona tenía una arquitectura particular que llevaba aparejada un determinado modo de vida: casas unifamiliares con un patio donde se plantaban verduras y se criaban pequeños animales. El nuevo proyecto deshumanizará esta zona y destruirá su tejido social”. Por si fuera poco, la Ciudad Vieja de Diyarbakir era el mercado de la provincia y cada día acogía miles de personas que acudían a hacer la compra. Ahora, cientos de pequeños negocios han quebrado tras acumular meses sin ingresos, ya que las ayudas del Estado no son suficientes.

Cambio de tácticas
Con la llegada de la primavera, cuando la mayoría de las revueltas en las ciudades kurdas habían sido aplastadas por el Ejército, el PKK modificó su estrategia tras darse cuenta de que había sido un fracaso. 

“La táctica de la Guerra Revolucionaria Popular, que básicamente consiste en trasladar los combates a las ciudades, era algo que el PKK llevaba tiempo planeando. Cuando intervino en la resistencia de Kobane (Siria), el apoyo al PKK se incrementó y entonces la organización pensó que la gente de los barrios kurdos de Turquía podría levantarse contra el Gobierno de igual modo que los kurdos de Siria luchaban contra el Estado Islámico. Fue un error”, sostiene el periodista kurdo Mahmut Bozarslan.

“Esta estrategia aumenta las bajas de las fuerzas de seguridad, sí, pero también las propias y las de los civiles. Y la gente, al final, ha reprochado al PKK que les lleve el conflicto a sus calle. El apoyo al AKP (partido islamista en el gobierno) ha descendido entre los kurdos, pero también se ha visto dañada la imagen del HDP y del PKK, por eso la organización ha cambiado de estrategia”, opina Ilyas Akengin, director del diario Tigris Haber de Diyarbakir.

En su lugar, los militantes kurdos regresaron a la táctica de los atentados, contra objetivos militares y policiales, pero también civiles. Y ya sea directamente o a través de organizaciones afines: como los Halcones de la Libertad del Kurdistán (TAK), formalmente una escisión del PKK pero se sospecha que sigue controlado por el mando de la guerrilla kurda; y el Movimiento Revolucionario Unido de los Pueblos (HBDH), una alianza de grupos de extrema izquierda y el PKK activa en el noreste de Turquía.


Zonas de actuación y ataques
  • Zona donde los kurdos pretenden la autonomía
  • Áreas de combates entre grupo del PKK y las fuerzas de seguridad turca
  • Áreas de actuación de HBDH y grupos de extrema izquierda aliados al PKK
  • Localidades con toque de queda o sitiadas
  • Ataques del PKK y grupos afines
  • Ataques del Estado Islámico

 Se trata de ataques cada vez más osados y letales, en gran medida gracias al creciente mercado negro de armamento que ha supuesto la guerra en Irak y Siria.  En los atentados de los últimos meses, el PKK ha utilizado inmensas cantidades de explosivo –en algunos más de una tonelada- y en mayo el grupo armado kurdo derribó un helicóptero turco con un misil guiado portátil tierra-aire (MANPAD), un arma que hasta ahora no se encontraba en sus arsenales. Los militantes kurdos aprovecharon la permisividad policial durante los años de negociaciones con el Gobierno para hacer acopio de armas. De hecho, el propio presidente Erdogan reconocía hace unos meses que, durante el proceso de paz, instruyó a los delegados del Gobierno a no actuar contra el PKK, y, por ejemplo, en 2014 sólo se autorizaron 8 operaciones contra la organización armada pese a que los mandos militares destacados en la región pidieron permiso para actuar en 290 ocasiones. “El PKK ha utilizado especialmente ciertas zonas de roca volcánica del este de Turquía para excavar túneles y crear depósitos donde esconder inmensas cantidades de explosivos”, afirma una fuente de seguridad: “Según mis estimaciones, tienen material suficiente para seguir atentando durante cuatro o cinco años más”.

Acción-reacción
El fracaso del golpe de Estado del pasado 15 de julio fue ampliamente celebrado por los kurdos pues parte de los militares sublevados eran los mismos que llevaban meses dirigiendo la represión en el sudeste de Turquía. Sin embargo, eso no significa que el conflicto en la región kurda haya remitido. El presidente Erdogan no sólo ha excluido al HDP kurdo de todas las iniciativas unitarias organizadas por los partidos turcos, sino que ha espoleado la persecución judicial contra los representantes políticos kurdos. Actualmente 181 alcaldes y concejales nacionalistas kurdos se encuentran en prisión, así como 301 dirigentes locales de partidos kurdos. Además, 56 de los 59 diputados del HDP se han visto despojados de su inmunidad parlamentaria y se enfrentan a un total de 510 procesos judiciales, que podrían llevarlos a la cárcel.

Por si fuera poco, 24 alcaldías kurdas han sido intervenidas, acusadas de prestar apoyo al PKK ya que automóviles de estos ayuntamientos han sido usados como coches bomba y maquinaria municipal utilizada para cavar trincheras (los alcaldes se defienden alegando que los militantes del PKK les roban los vehículos a punta de pistola). Uno de los municipios afectados es el de Cizre, cuya alcaldesa, Leyla Imret, ya fue apartada de sus funciones en septiembre de 2015. Su sustituto, Kadir Kunur, ejerció hasta el pasado 10 de septiembre, cuando al acudir al Ayuntamiento lo encontró rodeado por la policía y se le anunció que había sido sustituido por un interventor nombrado por el Ministerio de Interior. Ese día, internet y la telefonía móvil fueron interrumpidas en las 24 localidades afectadas, para evitar que los nacionalistas kurdos organizasen protestas. “Es un intento de criminalizar nuestro partido, tildándonos de terroristas. Pero ya enviaron inspectores a examinar los presupuestos municipales y vieron que las acusaciones de financiar el terrorismo que nos hacían eran infundadas”, esgrime Kunur: “La población está muy tensa, porque ven que no funciona el estado de derecho. Ahora ya no se nos puede engañar como en los noventa, ahora tenemos redes sociales y medios independientes”.

“Hay un odio no visto en años. Tanto del HDP hacia el Gobierno, como de los turcos hacia los kurdos. Ha habido cientos de muertos en ambas partes lo que obstaculiza la reconciliación”, lamenta Bozarslan. Es un odio larvado que impide cualquier acercamiento, como reconoce uno de los damnificados en Cizre: “El padre al que la han matado al hijo, o el hijo al que le han matado al padre, ¿cómo va a olvidar?”. Sus palabras se entrecortan al paso de dos blindados que cruzan la calle. De uno sobresale un joven gendarme en uniforme de camuflaje, que se aferra a la ametralladora como a un seguro de vida. 
 
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t Familias de la Ciudad Vieja de Diyarbakir evacúan sus hogares tras declarar el Gobierno el toque de queda en varios barrios de este distrito por los combates entre las fuerzas de seguridad turcas y milicias adscritas al grupo armado kurdo PKK. En otoño e invierno de 2015, militantes del grupo armado kurdo PKK se levantaron en varias

domingo, 23 de octubre de 2016

Straight Story


Aun aprendo



"Aunque está débil y achacoso, marcado por el tiempo, sus ojos arden de vida e intensidad cuando fija la mirada en el exterior...Aunque el cuerpo pueda fallarle, la mente está alerta y curiosa." 

 Jonathan Brown sobre la obra  Aun aprendo, de Francisco de Goya. [Álbum G. 54; lápiz negro; lápiz litográfico sobre papel; 1826 Museo Nacional del Prado.]

sábado, 22 de octubre de 2016

Minik

Robert Edwin Peary (1856-1920) es uno de los más famosos exploradores polares. Este ingeniero y marino americano anunció que alcanzó el Polo Norte el 6 de abril de 1909. Sin embargo, la evaluación de sus diarios por Wally Herbert en 1989, otro explorador polar, concluyó que no consiguió llegar al Polo aunque es posible que se quedase a tan solo 100 Km de alcanzar el objetivo de su vida. La National Geographic Society, que financió su expedición, sigue defendiendo que sí conquistó el Polo Norte [...].
  Su primera expedición sobre los hielos fue en 1886 cuando intentó cruzar Groenlandia en un trineo tirado por perros, empresa que abordó tras obtener un permiso de medio año de la Armada y 500 dólares de su madre para comprar provisiones y equipo. Aquel intento terminó en fracaso y Peary tuvo que darse la vuelta a los 160 Km tras quedarse sin comida, pero aprendió a avanzar sobre el hielo.

Peary en la cubierta principal del buque de vapor "Roosvelt" en 1909 (The Library of Congress)

   En la siguiente expedición usó lo que aprendió de los inuit: construía iglús y se vestía con pieles. Con eso se libró de cargar con sacos de dormir y tiendas de lona y mejoró su supervivencia pues los exploradores anteriores se vestían normalmente con sus uniformes militares. Peary también utilizó a los esquimales como cazadores, como conductores de los trineos y para establecer equipos de apoyo y depósitos de comida para adentrarse en el Ártico. [...]
   Peary se convirtió en un experto reputado en las regiones polares y Franz Boaz, uno de los fundadores de la Antropología, le escribió con una petición:

   Permítame sugerirle que si está seguro de regresar a Groenlandia septentrional el próximo verano sería de extraordinario valor que trajera un esquimal de mediana edad que pueda pasar aquí el invierno. Esto nos permitirá obtener sin prisa cierta información de la máxima importancia científica.
 
"Las tres estrellas polares": Roald Amundsen, Ernest Henry Shackleton y Robert Edwin Peary. Por William H. Rau el 16 de enero de 1913 (Biblioteca Nacional de Noruega)

   Peary hizo lo que le solicitaban y en 1896 llevó a Nueva York a seis inuit, tres hombres, dos mujeres y Minik, un niño de siete años hijo de uno de ellos [...]. Hay quien dice que los inuit -término que significa "el pueblo"- fueron invitados con la oferta de ver mundo mientras que otros sostienen que fueron engañados, que se les aseguró que les llevarían pronto de vuelta, algo que nunca sucedió. Peary, al parecer, les robó también tres grandes meteoritos. estos meteoritos eran la única fuente de metal para los esquimales y con ellos hacían la punta de los arpones y otras herramientas básicas para su supervivencia pero eso no pareció importarle mucho al explorador quien los vendió por 50.000 dólares. También vendió al Museo Nacional de Historia Natural de Nueva York varios esqueletos de inuits, que había sacado de sus tumbas y los seis "ejemplares" vivos. Los esquimales fueron alojados en un sótano y tratados como especímenes de estudio y como un espectáculo para los visitantes, algo no tan sorprendente pues distintos zoológicos europeos tenían expuestos indígenas vivos para solaz de sus visitantes, entre ellos el Retiro de Madrid. Cuatro de aquellos inuit, incluido el padre de Minik, Kishu, murieron rápidamente de tuberculosis, un joven fue llevado de vuelta a Groenlandia y Minik quedó solo en el museo de Nueva York.
   Minik, se recuperó de una tuberculosis incipiente y puesto bajo la custodia del conservador jefe del museo, quien le adoptó y se ocupó de él. Cuando su padre murió. Minik pidió un funeral apropiado de acuerdo con sus costumbres pero el personal del museo quería estudiar el cuerpo de Kishu por lo que escenificaron un falso entierro que se hizo bajo la luz de los faroles y con la presencia desolada de Minik, que no sabía que estaba siendo engañado.
   El cerebro de Kishu fue extraído y analizado, el tamaño de este cerebro contrastaba con los datos de cerebros de hombres blancos. Era un dato importante porque los investigadores europeos y norteamericanos querían sustentar la supremacía del hombre blanco sobre el negro en el mayor tamaño cerebral pero se encontraban con que este era mayor en los asiáticos, en lo que llamaban raza mongol donde se incluían los esquimales. Una conclusión que no gustaba mucho a los racistas que estaban dispuestos a estudiar los cerebros de distintos grupos siempre que el suyo terminase por encima del de todos los demás.
  Una vez extraído el cerebro, el cuerpo de Kishu se envió a una finca donde había un taller para preparar los especímenes del museo. El esqueleto del infortunado inuit fue preparado y se devolvió al museo donde fue expuesto. La noticia de los nuevos fondos expuestos en la colección del museo salió en los periódicos y algunos de los compañeros de colegio de Minik se lo hizo saber.
    El niño vio el equeleto de su padre en el museo:

   Un día me encontré de pronto cara a cara con él. Sentí que me moría allí mismo. Me arrojé al pie de la vitrina, llorando. Juré que no descansaría hasta que diera sepulturas a mi padre. 
 
El pequeño Minik "Wallace", recién llegado al mundo occidental

   Hay que imaginar el sufrimiento del muchacho que imploró que le devolvieran los huesos de su padre una  otra vez. Minik, ya en la adolescencia, siguió reclamando el esqueleto de su padre, cosa que no logró, y finalmente decidió volver a su tierra natal declarando:

   Sois una raza de científicos criminales. Sé que nunca conseguiré que el museo entregue los restos mortales de mi padre. Me alegra bastante largarme antes de que me saquen los sesos y me los metan en un tarro.

   Minik rogó a Peary que le ayudase a volver con su pueblo y al principio el explorador polar se negó alegando que no tenía espacio en su expedición. El joven le respondió: "Encontró espacio suficiente para traerme aquí. ¿Por qué no puede llevarme ahora?. El museo presionó para librarse de aquel pesado que no hacía más que reclamar los huesos de su padre y los periódicos también movieron la sensibilidad popular [...].
   Así que Minik fue embarcado en la expedición de otro explorador y enviado camino de Groenlandia. Aunque Peary declaró a la prensa que el muchacho volvía cargado de regalos, en realidad iba con los puesto. Los civilizados fueron como tantas veces en la historia los supuestamente salvajes.[...]
   Minik vivió unos años en Groenlandia, haciendo de intérprete para algunas expediciones árticas pero tampoco se sentía integrado. [...]
   Al final, Minik Wallace volvió a los Estados Unidos donde trabajó en una empresa maderera en las montañas hasta que enfermó debla famosa gripe española de 1918 y murió. Tendría 28 o 29 años.
    Los inuit tenían una bella leyanda sobre los meteoritos. Contaban que un grupo de hombres cortó la cabeza a la Mujer, una porción grande del meteorito y se la quiso llevar en su trineo al campamento de invierno.El peso fue demasiado, el hielo se quebró y el mar se tragó a aquellos hombres cegados por su avaricia y desde aquel momento se estableció una maldición sobre aquellos que cogían más hierro del que necesitaban.

Minik, con su padre a la derecha, y dos de sus familiares con los que viajó a Estados Unidos
 


 Un esquimal en Nueva York
José Ramón Alonso